LOS PRINCIPIOS DE LA ETICA CIVIL DE MINIMOS Y LA FILOSOFIA DE LA LIBERTAD COMO FUNDAMENTO DE SU GENUINA FORMULACION
José Antonio Romero Herrera*
INTRODUCCION
0.1 Asistimos en la aurora del tercer milenio a un momento histórico en el que cobra renovada actualidad el tema de la ética civil o ética de mínimos. Una vez más el movimiento tiene como escenario la vieja Europa, correspondiendo a España en esta ocasión el epicentro. Según atestigua su más notable representante, Adela Cortina, son los desafíos planteados por los cambios políticos que supuso el paso de la dictadura de Francisco Franco al clima democrático de la monarquía parlamentaria los factores principales que responden al surgimiento de esta perspectiva sobre el fenómeno moral1. Indudablemente, las transformaciones políticas que se producían en la península eran portadoras de consecuencias que gravitaban sobre el corazón mismo de las preocupaciones éticas. En efecto, el monolitismo religioso que animaba el código ético del nacional-catolicismo latente en la Constitución, cedía el paso, por la entrada en vigor de una nueva en el año 1978, al principio de la libertad religiosa y la tolerancia que representa el pluralismo en la manera de entender y construir el proyecto en que la vida de cada quien consiste2. Ahora bien, si el factor religioso no desempañaba más el papel de elemento unificador de las convicciones que acreditaban la legitimidad del universo de preceptos morales, el hecho no conducía por necesidad al despeñadero del relativismo moral condensado en la sentencia de Fedor Dostoyevski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. En este contexto aparece la ética civil de mínimos, que Adela Cortina fundamenta en la Etica Comunicativa, llamada a llenar el vacío con las riquezas de sus posibilidades que, al proveer de un marco común de normas (esto es, aquel esquema moral que sale al paso de los efectos disolventes que impiden la convivencia pacífica) a todos los ciudadanos, creyentes y escépticos por igual, permite la colaboración entre los individuos como miembros del orden social3.
Para Adela Cortina, la ética civil está constituida por unos principios mínimos aceptados por la sensibilidad pluralista de las sociedades democráticas4, que comprenden que sólo desde el respeto de ese común denominador es posible la convivencia pacífica entre quienes buscan alcanzar una diversidad de propósitos con arreglo a una variedad de cosmovisiones5. En opinión de la profesora de Filosofía Moral en la Universidad de Valencia, los principios en cuestión entrañan inesquivables requisitos de justicia que se traducen en preceptos de obligado cumplimiento para todos6, es decir, no admiten la excepción de nadie en cuanto al castigo del que se hace acreedor el sujeto que los vulnera o al desagravio que merece por el daño derivado de la acción de un tercero que le hiciera víctima al conculcar los mencionados preceptos. Por consiguiente, el carácter universal del hecho moral dimana de la componente deontológica, prescriptiva, inherente a las reglas que configuran el mundo de la ética civil de mínimos7. Para nuestra autora estos módulos normativos consisten en el derecho a la libertad, igualdad y solidaridad8. A los ojos de la escritora española los dos primeros ideales han sido objeto de recepción y proclamación por parte de la Revolución Francesa a través de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El ideal de la solidaridad, por el contrario, es un cambio que como aporte el socialismo ha operado con respecto a la fraternidad9. Pues bien, Cortina subraya que la tríada de ideales antes enunciados ha tomado cuerpo sucesivamente en cada una de las tres generaciones que la evolución de los derechos humanos ha experimentado hasta nuestros días. Así, el valor de la libertad propicia los derechos de la primera generación relacionados con la defensa de la seguridad jurídica del ciudadano de cara a los abusos que en su contra puede cometer el poder estatal. Empero, a la luz de las posiciones del socialismo, Adela Cortina estima que los derechos civiles no se encarnan sin la concreción de la seguridad en las condiciones materiales de vida que garanticen la protección del ciudadano por parte del Estado ante las adversidades como la pobreza, los padecimientos de la salud y la dureza que conlleva la situación del trabajo10. Razón por la cual la igualdad que inspira la segunda generación concierne a los derechos económicos. Cortina no deja de referir el dato de que ambas generaciones de los derechos del hombre han sido reconocidas a nivel internacional mediante promulgación de documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948, de la cual muchos centros de estudio y promoción de los derechos humanos se apresuraron a celebrar la efemérides de su quincuagésimo aniversario. Cortina echa en falta y de menos que la tercera generación, a saber, la que corresponde a los derechos ecológicos o preservación de la sanidad del medio ambiente, que funciona bajo la égida de la solidaridad, no haya recibido el respaldo de organismos internacionales mediante respectiva Declaración11. Desde las preocupaciones de los fundamentos y método de la ética aplicada, cual es el caso de la bioética, el médico español Diego Gracia Guillén también ha tenido oportunidad de acometer la cuestión de la ética civil de mínimos12. Según este catedrático de Historia de la Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, la bioética, a diferencia de las éticas profesionales que hasta el pasado reciente han sido directamente confesionales, ha de tener carácter civil13. Aduce como razones de esta índole secular de la ética las aportadas por Cortina, id est, que el elemento religioso ya no garantiza, al menos en Occidente, la unidad de las convicciones que sustentan los módulos de conducta. Por lo demás, en estos países el respeto de la libertad de conciencia se halla consagrado como derecho humano fundamental14. Pues bien, el cimiento de la bioética no debe situarse en el nivel de las creencias religiosas de las personas, sino en principios mínimos de obligado cumplimiento para todos, instituidos mediante racional consenso de las organizaciones sociales15. Por proceder del común acuerdo de los afectados los principios mínimos son absolutos y gozan de universal aceptación16. Asimismo, pertenecen al ámbito disciplinario de la ética, la así llamada ética del deber, que más bien forma parte de los dominios del Derecho17. Y esto porque aun contra nuestra voluntad nuestros congéneres pueden legítimamente imponernos el respeto de tales principios como son el de justicia y el de no-maleficencia18. El primero de los cuales guarda relación con el deber de no dar trato discriminatorio (en el sentido que todos los seres humanos merecen igual consideración y respeto) a las personas en las relaciones sociales, obligación por cuyo cumplimiento vela el Derecho civil. El principio de no-maleficencia, que justifica la existencia del Derecho penal, tiene que ver con la obligación de que a nadie se le infiera daño alguno19.
En idéntica línea de pensamiento se mueven las reflexiones de Luis González Alvarez, quien intenta expandir el eco de la experiencia democrática de las sociedades Occidentales al ámbito latinoamericano que, pese a sus profundas raíces religiosas, sufre, por el proceso de secularización, la transición de un colectivo religioso a una colectividad civil que demanda la sustitución del monolitismo sistémico ético por la pluralidad de sistemas éticos20. González Alvarez es del parecer que el valor y legitimidad de la ética de mínimos, característica del pluralismo de las sociedades democráticas, reside en la aceptación universal, mediante el mecanismo del consenso, de los principios mínimos que garantizan la convivencia pacífica entre los ciudadanos21.
0.2 La lectura de las ideas antes expuestas no puede menos de suscitar algunas cuestiones que planteamos a continuación.
Además de la libertad, ¿constituyen la igualdad y la solidaridad preceptos mínimos de obligado cumplimiento? ¿Es legítima no sólo la adición de las aspiraciones del socialismo (que reivindican derechos económicos) a los derechos civiles (derechos dominicales o concepción activa de los derechos) de la tradición liberal clásica, sino también la primacía de las últimas sobre los primeros? ¿Cuáles son, entonces, los principios de marras susceptibles de ser enumerados? ¿Por qué las aspiraciones socialistas son incapaces de suministrar asidero a una ética de mínimos, cuyo cumplimiento pueda ser exigido a todos los seres humanos? ¿Qué razones, por el contrario, justifican que sólo en la herencia de la Filosofía de la libertad estos principios encuentren la base de su adecuada formulación? ¿Proceden tales preceptos de la consensuada creación racional de los afectados? ¿Se afirma el carácter civil de los módulos normativos mínimos por contraposición al discurso religioso que durante milenios les proveyó el suelo de sustentación?
Ahora bien, si la solidaridad no forma parte de los deberes, strictu sensu, para con nuestros semejantes, ¿tal actitud es síntoma de deshumanización que conduce a permanecer insensibles ante el flagelo de la miseria que sufren millones de congéneres en el mundo para rendirse irresponsablemente ante la apasionada defensa de una ideología?22 ¿Es verdad que aun cuando algún influyente representante del pensamiento libertario, Friedrich von Hayek para más señas, ha dado muestras de semejante preocupación, la actuación ha obedecido más al oportunismo que a un interés efectivo de introducir medidas que alivien las precarias condiciones en que malviven innumerables seres humanos?23 ¿El orden del mercado, en realidad, prevalece sobre otra forma de convivencia humana, el socialismo por ejemplo, porque contiene una invitación al ejercicio de la instintividad propia de una ética hedonista o al plano inmoral que se sitúa más allá del bien y del mal característico de la voluntad de dominio sobre los demás?24 ¿Es manifestación de cinismo la idea de abandonar a su propia suerte las poblaciones que mueren por inanición, al inferir que no se está en el deber de brindar ayuda a quien no muestre auténtico interés por su misma sobrevivencia?25 ¿El hecho del cálculo de vidas humanas que el proceso mercantil implica consiste en la práctica de la explotación económica que en condiciones extremas exige recurrir a la represión política más salvaje?26
0.3 Para los propósitos que la presente investigación persigue es de suma importancia identificar los preceptos mínimos de recta conducta que norman las relaciones de los individuos en la estructura social. En ese orden de ideas, adquiere carácter apremiante el imperativo de establecer las diferencias entre las prácticas que regulan la interacción de los seres humanos según se trate del predominio de uno de los dos tipos de convivencia: el social o el comunitario. Asimismo, es de capital interés para los efectos que a este trabajo convienen ofrecer las razones que justifican la fundamentación y correcta formulación de la minima moralia en los presupuestos de la Filosofía de la Libertad.
0.4 Querríamos mostrar, a título de hipótesis de trabajo, que, contrario a la idea comúnmente aceptada en el sentido que la índole civil de la ética de mínimos se erige por oposición y abandono de todo intento de sustentación en creencias religiosas, la actividad considerada penosamente se abre paso enfrentando la pesada resistencia de las reacciones instintivas propias del espíritu primitivo de la tribu. Esto supuesto, el principal escollo a superar por parte de la ética civil de mínimos no es el presunto oscurantismo de un estadio teológico trasnochado, condenado ineluctablemente a su desaparición por los efectos disolventes del proceso de secularización (Säkularisierung). Juzgamos más bien que la asignatura pendiente de aprobar que tiene la minima moralia en el umbral del tercer milenio es revertir el proceso de tribalización (Entgemeinsierung).
0.5 La exposición del tema está dividida en tres partes. En la primera se aportan las razones que sustentan la tesis de que el carácter civil de la ética de mínimos afronta como disyuntiva no el sello de la confesión religiosa que pueda respaldar el valor de las normas morales, sino los hábitos que gobiernan el funcionamiento de los grupos primarios y que rigieron la existencia de las agrupaciones primitivas. De igual modo, se muestra que la idea del origen racionalmente consensuado de los módulos de recta conducta por parte de los afectados no resiste la prueba del análisis crítico, en virtud de que es en la experiencia de centenares de generaciones donde los preceptos en referencia hunden sus raíces. El segundo acápite da noticia de las prácticas que constituyen el orden social al tiempo que proporciona los motivos por los cuales los principios de obligado cumplimiento de la ética de mínimos no pueden consistir en aspiraciones semejantes a la solidaridad. Finalmente, el tercer parágrafo desvanece las acusaciones que se levantan contra los principios fundamentales que caracterizan el ideal libertario, señalando, a su vez, los asombrosos efectos benéficos que su observancia ha representado para la humanidad.
§.1 La antinomia correcta: el espíritu sentimental de la tribu o el carácter normativo de la ética civil
Entender el orden moral como un tinglado de prácticas imitadas y su conexión con tendencias innatas semejantes a los afectos, sentimientos y emociones humanas suscita preocupaciones de indiscutible importancia27, en virtud de que está hondamente arraigada en el ser humano la creencia de que es conveniente imponer concretas metas comunes28. En efecto, entre mil contradicciones el hombre ha logrado admitir que el bienestar general no coincide con la obtención de metas directamente identificables, sino con la observancia colectiva de las reglas que sostienen la vigencia de una estructura que, si bien a ninguno garantiza la adquisición de un fin concreto, permite por igual a cualquier persona disponer de la mayor posibilidad de condiciones de forma que nadie le impida obtener específicos fines individuales29. Con todo, nuestra generación se empeña en rehusar la generalizada importancia de la serie de reglas abstractas sobre cuyos cimientos descansa el sistema social, constituido, no por la disposición de alcanzar conocidas metas comunes, sino por el difundido fenómeno de la especialización laboral30. De manera similar, la posición constructivista dominante en las esferas intelectuales se resiste a aceptar la verdad inconcusa en relación con la cual aquello que garantiza la existencia de la estructura social de amplio ámbito no es la satisfacción de apetencias instintivamente sentidas o racionalmente diseñadas, cuanto la vigencia de normas aprendidas31. Habida cuenta de nuestra insuperable incapacidad para anticipar los resultados de nuestros módulos de conducta, es completamente infundada la opinión que sostiene la existencia de cuadros de sobresalientes personalidades que, al servicio de sórdidos intereses de sectores dominantes, tejieron un complejo entramado de normas, inducidos por el criterio de seleccionar entre sistemas éticos aquellas reglas que mejor respondieran a las conveniencias determinadas por quienes las establecían, de modo que, sobre estas bases, no sólo oprimieran a mayorías populares, sino que las convencieran de la legitimidad de tal estado de cosas, echando mano para el efecto de las mistificaciones del discurso religioso32. El escéptico está obligado a reconocer la legitimidad de la pretensión clerical en el sentido que los preceptos morales han contraído una deuda, en cuanto a su mantenimiento y transmisión, con las creencias religiosas33. Aunque disguste a ciertos eruditos el señalamiento, deben admitir sus errores en el antagonismo que han mantenido con las creencias religiosas al no haber sabido justipreciar importantes contribuciones que ellas han aportado34. Corresponde más a la verdad la explicación de la profesión de fe, sit venia verbo, cuando enseña que los principios morales dependen de factores que no somos capaces de comprender, si bien no por razones de carácter sobrenatural, que el prejuicio constructivista que atribuye al intelecto la invención de la moral, hecho que, supuestamente, le permitió barruntar determinados efectos que en realidad no pudo predecir35. El constructivismo, que por igual afecta a sistemas gnoseológicos como el racionalismo y el empirismo, morales como el hedonismo (incluida la variante del utilitarismo) o corrientes de pensamiento acerca del orden de convivencia como el socialismo, propugnan justamente el retorno a los elementos que cohesionaron a las pequeñas agrupaciones, vale decir, las emociones, los afectos los sentimientos36. Pues bien, es menester limitar el empleo del vocablo “moralidad” a la serie de normas que al reprimir innatos impulsos gobiernan el comportamiento en órdenes de extenso ámbito, dado que un sistema de normas únicamente tiene sentido por su contraposición ora con la irreflexiva reacción instintiva, ya con la racional valoración de hipotéticos efectos de la conducta37. Los preceptos de marras, únicos que en el sentido más propio pueden ser denominados morales, son los contenidos de una estructura ética innovadora que, distinta de aquella más apta para ajustar las acciones de individuos insertos en agrupaciones de reducidas proporciones numéricas, implicó la inhibición de las tendencias instintivas y propició la expansión de las virtualidades que entraña el orden extenso de la cooperación social38. Sin embargo, escasamente entienden los hombres de nuestro tiempo que la civilización vio la luz y creció a la sombra de inéditos principios que la convivencia pacífica constituyó a guisa de vallas de retención al efecto desintegrador de impulsos innatos, que más se adecuaban al funcionamiento de colectivos formados por algunas decenas de miembros, cuya vida predominantemente nómada dirigía un caudillo, quien como parte de sus atribuciones organizaba la práctica de la caza lo mismo que la protección del territorio ocasionalmente ocupado39.
El cambio principal en el proceso de la evolución de la cultura se produjo en el paso de la comunidad (caracterizada por la relación interpersonal “cara-a-cara”, dado que el conocimiento entre sí de todos los que la integran permite la recíproca gratificación afectiva) a la sociedad (que consiste en una forma de convivencia por medio de la cual la conducta de sus miembros en relación con los demás no fomenta la realización de sabidas carencias sentidas por igual número de conocidos seres humanos, cuanto la común obediencia de ciertos preceptos que, al mantenerse en vigor, garantizan, junto a determinados signos que envuelven orientadora información, la existencia del sistema que estos al mismo tiempo producen espontáneamente, y a raíz de los cuales se difundió la división del trabajo a ámbitos que una sola persona habría sido incapaz de lograr)40. El avance que significó el paso de una minúscula horda de rudos y agrestes sujetos a la Gran Sociedad, no sin conocer formas intermedias como el clan, la tribu y la aldea, se produjo gracias a la capacidad de la que supo dar muestras el ser humano de subordinar las reacciones instintivas, los impulsos innatos que le orientaban en la línea de satisfacción de fines comúnmente perseguidos y conocidos por directa percepción sensorial, a la disciplina inherente al respeto de reglas abstractas41. De hecho, la línea que divide la agrupación tribal de la convivencia social es la sumisión a la disciplina de las reglas que la costumbre nos ha transmitido y que inhibe el impulso primitivo que tiende a saciar urgencias de inmediata percepción sensorial42. Si bien conservamos muchos rasgos salvajes de nuestros antepasados, otros hay que por estar exclusivamente presentes en nosotros a las claras nos distinguen de aquellos. Los rasgos distintivos en referencia tienen que ver con la abstención de ciertos comportamientos, hecho que hizo posible al hombre primitivo tomar la senda hacia la vida civilizada43.
Nuestros congéneres alcanzaron hace unos pocos milenios el estadio civilizatorio merced al aprendizaje y transmisión de reglas que inhibían toda concesión a las urgencias de inclinaciones instintivas, lo cual no da pie para concluir que la validez y utilidad de las normas mencionadas radicara en el consenso conseguido por aquellos que sometiéndose a las mismas advirtieran las ventajas que el entorno formado por ese marco preceptivo les proveyera44. El orden social lo constituyen normas cuyo funcionamiento ignoran aquellos que las aprenden insertos en él45. Es más, quienes las adoptaron lo hicieron por motivos accidentales e imprevistos, ya que los beneficios comparativos que en relación con otros grupos pudieron obtener resultaron del tamiz de la experiencia a que se vieron sometidas innumerables generaciones46. En nuestra época se ha llegado a creer que alcanzar el consenso es políticamente la función exclusiva de los cuerpos representativos, extremo que ha conducido a nuestras sociedades a los atolladeros en que se encuentran. Sin embargo, nuestra generación necesitará tiempo para entender que es un error considerar que la legitimidad de los módulos normativos deriva del consenso mayoritariamente conseguido47. A diferencia de los cientos de miles de años que la especie tuvo a disposición para poder asimilar biológicamente las reacciones instintivas de las agrupaciones primitivas, el surgimiento del orden social requirió, además del aprendizaje de las reglas de recta conducta, acostumbrarse a la realidad de que éstas riñeran con las primeras respuestas innatas que resultan opuestas al funcionamiento del orden de extenso ámbito48. Así, pues, en las poblaciones con mínima densidad demográfica, que acusan el predominio de sentimientos y que han moldeado el ser humano a través de cientos de miles años, sus integrantes se sirven mutuamente por medio de metas de cuya consecución mancomunada depende la sobrevivencia del colectivo49. Conforme las personas obtenían una mejor posición sacrificando específicos fines colectivos a reglas impersonales, que les abrían la posibilidad de tomar parte en un orden de cooperación pacífica que ninguna podía organizar, supervisar y prever, sin proponérselo producían determinadas condiciones que tampoco podían apetecer50. Como se ve, no es propósito de la evolución cultural promover la obtención de excitaciones deleitables. Estímulos de similar naturaleza cumplieron en su oportunidad la función de signos que sirvieron de guía al sujeto sobre la forma adecuada de conducta para resguardar la sobrevivencia del colectivo característico de las etapas iniciales de nuestra especie. Pero ya que en la actualidad esos signos no cumplen las funciones indicadas, en ningún asidero tiene apoyo la tentativa utilitarista de justificar el sistema de principios morales sobre la base de su aptitud para provocar sensaciones placenteras51.
Por consiguiente, influyen en el hombre principios que proceden de la gama de estadios que ha conocido históricamente la relación entre individuos, preceptos que los miembros de nuestra especie no han implementado inmediata y deliberadamente, cuanto que han tomado cuerpo por el hecho que han propiciado la sobrevivencia y el bienestar de colectivos que han aumentado su población, más por el interés que han despertado en otros elementos para adherirse a ellos que por el fomento de medidas que incrementaran la tasa de natalidad del mismo grupo52. La mayoría de períodos que uno tras otro aparecieron en el curso de la evolución de la cultura obedecía a la introducción de usos hasta ese momento desconocidos que fueron incorporados a la vida de las agrupaciones, no en razón de que quienes lo hacían avizoraran su mayor efectividad, sino a que adquirieron cotas superiores de bienestar que les permitieron ocupar posiciones hegemónicas respecto de los grupos que no los habían adoptado53. Los nuevos módulos de conducta imponían que las personas rehusaran dedicar determinados medios a la satisfacción de ciertos deseos directamente percibidos en individuos que poblaban su ambiente inmediato, de modo que quedasen en franquía para saciar innumerables necesidades de individuos anónimos54. El orden de extenso ámbito apareció y ha florecido dado que el hombre, por obra de la casualidad, encontró la manera de relacionarse en paz con los demás, obteniendo recíproco provecho, sin que para el efecto se necesite concordancia de específicos propósitos, sino más bien el reemplazo de fines particulares impuestos por principios generales de comportamiento que propician la expansión de la relación armoniosa que trasciende las agrupaciones de reducidas dimensiones a las cuales interesa conseguir fines colectivos. El hecho que los seres humanos se percataran de que la cooperación posibilita alcanzar beneficios procedentes de la información y experiencia de sujetos a los que no es necesario conocer y con los cuales es posible disentir en cuanto a metas concierne, permitió el surgimiento del orden social de extenso ámbito55. En la hora presente la mayor parte de la humanidad continúa desconociendo que el grado elevado de información que encierran los diseminados conocimientos únicamente tiene lugar a condición de que se den los signos de carácter abstracto que la actividad mercantil ocasiona y por los cuales cada quien está enterado de cuál es el marco general al que debe atenerse con el propósito de adecuar su actuación a ciertas situaciones cuyos datos no conoce en todos sus pormenores56. El orden mercantil en el que nos hallamos inmersos, con el enorme poder del que dispone para guiar la actividad de personas que forman parte de un creciente sistema de división del trabajo, surgió en el instante en que personas insertas en el proceso civilizatorio de la tradición de Occidente estuvieron dispuestas a someterse al dominio de los hábitos de recto comportamiento. Estos fueron aceptados por quienes constituían un ámbito de labriegos, mercaderes y artesanos, lo mismo que por sus empleados, con los que realizaban sus actividades diarias57. El orden se mantenía en vigor no por la aislada iniciativa de aquellos que como aporte asumían determinadas actitudes morales, sino gracias a los miles de individuos que, a la postre, estaban dispuestos a adoptar esas prácticas58. En consecuencia, los primitivos grupos humanos iniciaron el gobierno de sí mismos mediante la sumisión de cada uno de sus miembros a un entramado de preceptos que la costumbre creó y sostuvo, pero cuya vigencia se mantuvo al margen de la fugacidad de las existencias individuales59. De las consideraciones antes expuestas se sigue que el establecimiento de los cánones de la coordinación social reclama irremediablemente de quienes la integran la disposición de vencer sus primitivas e impulsivas reacciones en el trato con sus semejantes, posición que hasta el presente provoca más bien resistencias60. Efectivamente, es al régimen que las normas imponen que nuestros contemporáneos resisten aún rendir vasallaje61. Pese a que corremos el riesgo de colmar la capacidad de recepción de quienes siguen de cerca nuestra propuesta, no debemos cejar en la insistencia de que la sustitución de los esquemas de relación típicos de los grupos tribales por módulos más afines a la convivencia en sociedad nos causa auténtica repulsa62. Razón que explica reacción de tal magnitud es que los que optan por la observancia de las reiteradamente aludidas normas ignoran los motivos por los cuales éstas son beneficiosas, igual que el cometido que llenan, pero de cuyo respeto pende la misma sobrevivencia individual63. Las normas mínimas de recto comportamiento, por tanto, son resultado del azar puesto que han surgido al hilo de un proceso que el hombre no ha planificado y que afirma la supremacía de aquellos grupos que promueven el desarrollo de las capacidades individuales de los miembros que los conforman64. Es un error del racionalismo constructivista presumir que las normas de recto comportamiento no pasan de ser superstición irracional simplemente porque la razón no es capaz de justificarlas sobre las bases de sus propios principios o bien porque desconoce sus orígenes65. Advertimos que hasta la palabra “bueno” denota en términos generales lo que la experiencia de muchas generaciones recomienda que debe hacerse, a pesar de que desconozcamos el motivo66. Nunca, pues, se insistirá demasiado sobre nuestra insuperable incapacidad para escoger los módulos que gobiernan nuestra conducta67. Conviene aclarar al término de este parágrafo que la moral más reciente, es decir, la propia del orden social, que reprime y hasta suprime algunas reacciones innatas, no las sofoca completamente. Dichos impulsos continúan gravitando en el trato que mantenemos con los miembros de los grupos primarios de los cuales participamos: la familia, el círculo íntimo de los amigos, etc.68
§2. Las prácticas del evolutivo proceso civilizatorio promovidas por el orden social
El sistema social, con la densidad demográfica que le es propia, ha surgido gracias a las pautas que rigen el recto actuar, alumbradas, a su vez, por la evolución de la cultura. De ahí que las normas de carácter moral, garantía segura en la salvaguarda del orden social, no promueven concesión alguna a reacciones instintivas69. Para el hombre, asimismo, es nota más importante en la adaptación al medio el seguimiento de los principios que rigen la recta conducta que la inmediata aprehensión de cuantos sucesos ocurren a su alrededor70. Con probabilidad el ser humano logró gradualmente detectar el modo más adecuado de conducirse que toda situación requería, aun cuando desconociera el motivo que imprimía carácter benéfico a tal proceder. Incluso en la actualidad el ser humano a menudo adquiere mayores beneficios de la subordinación a las prácticas aceptadas de comportamiento que del dominio de concretos detalles que integren el ámbito que le circunda. Básicamente su mundo externo ha venido a consistir en la postura que asume frente a lo que en el trato con los semejantes es legítimo actuar71. Naturalmente que existe una forma admitida de comportarse que no necesita la intervención de particulares mandatos que compelan al sujeto a adoptar acciones encaminadas a la consecución de fines comunitariamente establecidos. Por su parte, los que aspiran tener membresía en ciertos colectivos contraen inevitablemente el compromiso de respetar el congruente esquema normativo72. Así, pues, el factor que en el ser humano facilita la adaptación y promueve la cooperación con los demás radica en que encamine su actuación con arreglo al imperio de pautas susceptibles de ser aprendidas y que estatuyen la conducta correcta73. Tales esquemas morales consisten en el respeto de hábitos como el de la propiedad dispersa entre una multiplicidad de poseedores, el cumplimiento de los compromisos adquiridos, el tráfico de bienes y servicios por medio de la actividad comercial, la práctica de la libre competencia y del préstamo con el cobro de interés74. A efecto de coordinar diversidad de metas es menester adoptar los preceptos que protegen la propiedad que a cada quien pertenece y el mecanismo que mediante recíproco acuerdo determina su transmisión75. En exclusiva, los colectivos que respetan las normas que articulan el evolutivo orden social consiguen subsistir y progresar76. Usos como el trueque con quienes no formaban parte del mismo grupo, la aceptación del carácter inalienable de la propiedad plural, el respeto de las obligaciones adquiridas mediante los contratos, el reconocimiento de la libertad de los precios, el pago de los montos recargados con interés por los préstamos obtenidos, marcaron evidente solución de continuidad en relación con las costumbres prevalecientes hasta ese momento77. La primitiva reacción de antipatía a las actividades mercantiles realizadas por personas foráneas ha de ser a cada instante proscrita cuando realmente interese que impere un marco abstracto y general de principios. Unicamente sobre estas bases pueden abrigarse fundadas esperanzas en los legítimos empeños orientados a la demolición de las trabas enmarañadas que el espíritu tribal ha erigido, agazapado tras el escudo de medidas políticas que se oponen a la libertad de los movimientos migratorios y propugnan remarcar las líneas que dividen y distancian las naciones78. Conservadas por el efecto multiplicador de la tradición y adoptadas por la comparativamente superior capacidad de aprendizaje de nuestra especie, las normas morales no tienen en el instinto principio fontanal y estriban principalmente en la proscripción de toda acción atentatoria contra los límites que determinan la protección de la esfera privada de los individuos79. La libertad es el orden erigido por el proceso civilizatorio cual escudo protector de la esfera privada del individuo frente al vasallaje que la coacción de los miembros del pequeño grupo le imponía arbitrariamente. Por ello, las restricciones de la libertad que la civilización encierra obligan a cada uno observar las correspondientes normas caracterizadas por la naturaleza impersonal de lo abstracto, pero que aseguran al sujeto en presencia que un sector del ámbito de sus actividades no será objeto de intromisión por parte de terceros, de suerte que en él disponga de los conocimientos que tenga al alcance de su propia mano en función del logro de sus fines individuales80. El generalizado cumplimiento de las normas en cuestión que a cada uno obliga, sin excepción, responde a la necesidad perentoriamente sentida de levantar muros de contención al ímpetu incontenible de los instintos que atentan contra la existencia del orden social81. El surgimiento de la vida civilizada entrañó sobre todo el fortalecimiento de la libertad a través de medidas que mitigaban determinadas restricciones, proceso que se llevó a cabo mediante la recepción de códigos de conducta que promovían más la defensa de la esfera de vida privada que la obediencia de órdenes concretas destinadas a la consecución de particulares formas de actuación82. Es imperativo, en definitiva, emplear el término catalaxia para denotar el funcionamiento de la actividad mercantil a través de la coordinación de las actividades de los agentes económicos. De esta suerte por catalaxia se entiende la particular estructura que el proceso mercantil produce espontáneamente, sistema en el cual las personas sujetan su actuación a principios relacionados con la honra de los convenios voluntariamente entablados, la defensa frente al timo o estafa y la protección de la propiedad83.
Con el propósito de desenmascarar la maniobra socialista con la que intenta sustituir los derechos civiles de la herencia liberal (que tienen como preocupación exclusiva limitar el ejercicio de la potestad otorgada al gobernante por/sobre el ciudadano) por la protección de derechos humanos, entendidos como obligaciones ante determinados individuos o sectores, a los cuales les deben ser concedidos bienes concretos (incluso la transformación en derecho de la absurda pretensión de que nadie padezca necesidad alguna), es menester aclarar que en el clima de la Gran Sociedad, abierta y abstracta, los planes de la actuación social únicamente se ordenan a la obtención de condiciones que provean iguales posibilidades de éxito a innumerables sujetos que los respectivos agentes económicos desconocen por completo, pero con las cuales cada quien dispone del procedimiento adecuado para alcanzar sus fines particulares, mas nunca a la concretización de objetivos específicos del colectivo a los que cada uno de sus miembros tenga que proveer personales aportes para alcanzarlos84. No existe, pues, nexo alguno que vincule el orden de extenso ámbito con la solidaridad, antes bien se opone diametralmente a ésta, caso que la entendamos en el sentido reiteradamente empleado de convergencia en la consecución de concretos fines comunes. Esta componente del quehacer humano es inevitable y más notoria en la eventualidad de que un conflicto militar sacie nuestro atávico impulso de concurrir en empresa colectiva, propensión que cobra superiores niveles de paroxismo cuando se fomentan actitudes como el nacionalismo y el socialismo, los dos enemigos que mayor daño infieren a la vida civilizada85. Sólo ventajas representa para todos los que nos hallamos inmersos en el orden extenso de cooperación social el hecho que no seamos objeto de altruista consideración, sino que, en función del bienestar general, acomodemos la relación con los demás al esquema de convivencia garante de la propiedad privada y al cumplimiento de los compromisos libremente adquiridos, códigos de conducta que gradualmente se sobrepusieron a la soberanía de la solidaridad86. Lamentablemente, el influjo ejercido sobre las nuevas generaciones por la propensión a emplear la autoridad en las relaciones sociales conforme al manejo que de la misma realiza el padre en el seno familiar, les ha conducido a suponer que sus conciudadanos tienen el deber de suministrarles ciertos bienes que lícitamente les pueden reclamar87. Se han agregado, no sólo con la intención de aplicarles similar sino preeminente jerarquía, derechos de carácter positivo y de condición económico-social a los tradicionales y únicos derechos de índole negativa que resguardan la esfera de vida privada y la intervención ciudadana en los asuntos públicos88. La Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas hace más de medio siglo pretende fusionar los derechos propugnados por la herencia liberal con el pensamiento diametralmente opuesto que procede de la revolución bolchevique. Se suman flamantes derechos socioeconómicos a los anteriores derechos ciudadanos. Se garantiza el cumplimiento de ciertas aspiraciones de índole positiva pero no se toma el trabajo de precisar a quién corresponde suministrar las unidades de los respectivos bienes89. Los preceptos de recta conducta, cuyo generalizado cumplimiento no admite excepción alguna, según se ha señalado anteriormente, jamás pueden especificar los individuos a los cuales pertenece el dominio de los derechos de posesión, ya que a ninguno sujetan al dictamen de la autoridad que para el efecto determine las cosas de las que deban disponer todos los ciudadanos90. No es preciso encaminar el funcionamiento del orden social al logro de específicas metas; es suficiente acomodarlo a la adquisición de una estructura normativa general y abstracta que garantice a quienes lo integran la existencia de las condiciones necesarias para alcanzar diferentes y las más de las veces ignorados fines individuales. Cometido de la actividad política es, por una parte, optimizar las posibilidades de éxito en la búsqueda de desconocidos fines de igual número de ignorados agentes sociales; por otra parte, restringir el uso de la coerción (excepción hecha de las cargas de la hacienda pública) a su menor expresión, es decir, la que hace valer el cumplimiento de principios de cuya generalizada obligatoriedad cada quien por igual incrementa sus posibilidades individuales91. A diferencia de lo ocurrido en el interior de una organización, cuyos miembros colaboran solamente si las metan son comunes, en el orden social cada quien coopera saciando las necesidades de otros, prescindiendo de la eventualidad de ser responsable de las mismas y aun desconociendo qué las constituye92. En la interacción social no sólo cooperamos colmando apetencias de las cuales desconocemos la índole que les es propia, sino que facilitamos otras tantas que recusaríamos en el caso de conocerlas, lo cual es insoslayable en la medida que ignoramos el propósito para el que serán empleados los productos que suministramos a otros93. Puesto que es hecho de la mayor importancia que el éxito está sujeto a la conjunción de habilidad y fortuna conviene que en seguida lo dejemos claramente asentado. El motivo principal de la vocación productiva de la catalaxia reside en la circunstancia de que el trabajo que cada agente aporta se convierte en una serie de signos o indicadores que propician la posibilidad de satisfacer apetencias de las cuales nadie está directamente informado, pero que requieren uso apropiado de datos a los cuales se tiene acceso sólo por el efecto que ejercen en el sistema de precios de los bienes y servicios que el mercado ofrece. Es el trabajo en cuestión el factor primordial para que el espontáneo orden cataláctico genere superiores niveles de vida. La catalaxia constituye acto creador merced a su aptitud para proveer a quienes respetan sus reglas de juego un cúmulo de conocimientos que les permiten satisfacer necesidades que desconocen en forma inmediata, proporcionándoles a su vez recursos de los que no dispondrían, incluso ignorarían, si no se hubiesen sometido a las referidas reglas de juego94. Inmersos en el proceso mercantil, los agentes económicos, guiados por la motivación del beneficio, satisfacen ignoradas necesidades de los demás, acción que al mismo tiempo posibilita obtengan ventajas de ciertas situaciones que también ignoran95. Debido a que los beneficios, igual que la posesión de bienes, derivan de un mecanismo que funciona gracias a que aumenta las posibilidades de éxito de quienes en él prestan su personal concurso, no es necesario legitimar mediante acto reflexivo de consideración ética el proceso que asigna los respectivos salarios, ganancias, bienes y servicios. En este tipo de concurrencia cada participante es objeto de idéntico miramiento, actitud que es completamente congruente con la variedad de beneficios y/o pérdidas personales. Los efectos fortuitos de la competencia no desaparecen simplemente porque instancia de intervención estatal diseñe correctivos; si éste es el caso, ocurre que no es la decisión de los que concurren en el mercado la que determina la pérdida o ganancia de las actividades personales sino la disposición arbitraria de los que ejercen el poder96. El ser humano realiza esfuerzos que destinen el empleo de sus individuales conocimientos al servicio de sus objetivos personales, toda vez que la retribución recibida proceda parcialmente de variables que no son objeto de predicción ni de manipulación. Siempre que los sujetos guíen su actuación de acuerdo con su particular escala de valores, léase subjetivas estimaciones legítimas, ya que de gustibus non disputandum est, ningún baremo moral estará en la posibilidad de estipular que los resultados de las acciones individuales sean fijados conforme criterio de presunta proporción en la asignación de recompensas. De este modo, el ejercicio de la libertad demanda que las retribuciones se mantengan desvinculadas de lo que se cree merecer, a pesar de que el hecho suscite impulsivamente en nuestro ánimo la idea de que el resultado es antojadizo o caprichoso97. La complejidad del fenómeno de la división del trabajo impide la predicción característica de los hechos sometidos al mecanismo causa-efecto, pues el incremento demográfico sólo genera un plexo de oportunidades que posiblemente serán objeto de hallazgo y de la mayor precisión en su aprovechamiento98.
§3. La maravilla de las maravillas es que el espontáneo orden social exista99
El cambio asombroso que en el planeta generó un nuevo modo de convivencia (que cada vez el hombre fue entendiendo menos aun cuando la pervivencia del mismo le impusiera adoptar reglas que la costumbre enseñaba, pero que contrastaban con sus más arraigados impulsos) consistió en el paso de la posición comunitaria de las relaciones interpersonales (a saber, la formada por sujetos que por conocerse unos con otros están en la posibilidad de brindarse mutuas gratificaciones emocionales) a la actitud social de las relaciones impersonales, en la cual el lazo que une sus integrantes no son conocidos fines colectivos, sino la común admisión de reglas generales de conducta100. Por lo que del actual estado de conocimientos tenemos noticia, existe la fundada sospecha que el orden social de extenso ámbito sea “la más compleja estructura del universo”, lo cual significa que en él las expresiones superiores de vida lograron desarrollar formas de aprendizaje, dicho de otro modo, fueron capaces de reproducir prácticas de naturaleza supraindividual que les dejaron en franquía para acomodarse al orden que integran y que, por las incesantes mutaciones que experimenta, goza de un grado de complejidad todavía mayor101. Nuestra especie ha devenido distinta del resto de la escala subhumana a raíz de fenómenos como la diversidad, multiplicidad, interrelación, intercambio y transmisión en círculos de creciente amplitud que le permiten obtener resultados ventajosos en orden al crecimiento del grupo102. El incremento demográfico, de igual modo que lo más propio que caracteriza al ser humano, tienen en la diversidad de la especie la piedra angular de explicación. Ella es exclusiva del género humano y surgió a medida que quienes nos precedieron en el dilatado recorrido de la selección natural consiguieron desplegar con un grado de incomparable superioridad la facultad de aprender de los demás103. Unicamente los procesos mercantiles propician la unión de la descomunal población que actualmente habita nuestro planeta y que tan fervientemente intentan promover innumerables personas104. De ahí que el criterio que determina cuál es el orden moral que ostenta la supremacía no puede ser menos de aquél con capacidad para mantener la población más numerosa105. La expresión más actual que el avance civilizatorio ha conocido impone perentoriamente que sirvamos no a aquellos semejantes que forman parte de nuestro círculo más inmediato, con quienes fácilmente podemos compartir una comunidad de propósitos, más bien ha surgido un tinglado de principios por los cuales, si estamos dispuestos a mantener agregados de población incomparablemente más numerosos de las agrupaciones con reducidas proporciones que en el pasado remoto prevalecieron (la horda, el clan, la tribu), es menester fomentar y compensar los esfuerzos de los demás mediante pacífica concurrencia con miles de individuos que buscan disparidad de fines y a los cuales ni siquiera llegaremos a conocer106.
No todos los pioneros en la admisión de los hábitos inéditos, como el de la propiedad plural, el del ahorro y similares, incluso ni los vástagos que directamente procrearon, dispusieron de los efectos más apetecidos, entre ellos el de la supervivencia. El hecho obedece a que los hábitos en mención no garantizan la sobrevivencia de ningún individuo “en particular”, antes bien se inclinan a aumentar las posibilidades de crecimiento del colectivo. Evidentemente, lo decimos por enésima vez, esos efectos jamás fueron objeto de previsión y mucho menos de deseo. Es más, con seguridad el ejercicio de algunos de estos hábitos supuso la discriminación de ciertos individuos, la tendencia a eliminar precisas categorías de semejantes mediante la práctica del infanticidio, dejar en el desamparo congéneres aquejados por achaques y senilidad, pero, sobre todo, la eliminación de antisociales en función del mantenimiento de las condiciones que la sobrevivencia y el incremento de la población exigían107. De forma semejante, la tarea de inserción de grupos, mediante la asimilación de instituciones, en el orden de extenso ámbito estuvo acompañada por la práctica de la desaparición de segmentos de población que no observaron similares hábitos108. Nunca, esto hay que decirlo sin ambages, dejó de ser la civilización proceso que se moviera en piélago de procelosas aguas. Es seguro que a su través conglomerados asentados en ciudades y que disfrutaban un grado superior de bienestar gracias a la práctica del comercio, conminaron a los más numerosos agregados de campesinos acatar normas jurídicas reñidas con las prácticas que estaban acostumbrados a observar, de modo parecido al hecho que, por su parte, luego del triunfo por las armas, la élite propietaria de la tierra en su momento forzara a los habitantes de las ciudades cumplir códigos jurídicos que mejor se adaptaban a etapas en que habían conocido menor nivel de bienestar109. Conviene no perder de vista que los efectos menos gratos del entramado moral sobre el que descansa el proceso mercantil se hacen sentir de forma más manifiesta en aquellos que por su reciente inserción lo observan muy defectuosamente y, por consiguiente, no lo ejercen de la manera más adecuada. En cualquier caso, aquellos que asumen, aun cuando lo hagan parcialmente, los hábitos de la cooperación pacífica, obteniendo por lo mismo correspondientes ventajas, ejecutan tales actos las más de las veces sin tener conciencia del esfuerzo y riesgo que tienen que poner en juego110.
Dado que el objeto de nuestro interés es la impostergable preocupación por el hambre que aqueja a miles de millones de nuestros semejantes, pero en razón de que la gigantesca población de nuestros días no sólo es producto sino que únicamente se puede mantener sobre la base del respeto de ciertos preceptos de carácter general, es imperativo insoslayable presentar la más resuelta resistencia a quienes intentan suprimir, abierta o solapadamente, las normas morales fundamentales, de las cuales la de la propiedad es un puntal básico111. Caso que el verdadero motivo que inspire a las personas sea el bienestar de su prójimo es completamente contraproducente que les fijen lo que les corresponde hacer, ya que lo que procede es proporcionar las condiciones que estimulen a nuestros semejantes a llevar a cabo labores que sean de provecho a otros112. La utilidad de la autosustentante estructura social no está ligada a la estrechez de miras de los individuos, sino que está en relación directa con la capacidad de generar un proceso que coordina variada y variable información, lo mismo que variados y variables fines, al margen del espíritu egoísta que pueda animar las acciones de los agentes sociales. El factor que confiere al proceso mercantil supremacía sobre toda forma de interacción creada deliberadamente es que propicia la adquisición de objetivos de personas que las más de las veces permanecen desconocidas para quienes al actuar son inducidos tanto por nobles sentimientos de entrega generosa a sus semejantes como por la fría e indiferente actitud del que realiza una operación comercial guiado por la motivación del beneficio. En contraste con la generalizada mentalidad del socialismo, quienes integran el orden social obtienen provecho del trabajo de los demás gracias a la diversidad de metas que persiguen, no a pesar de ellas113. Muchos de nuestros contemporáneos yerran al juzgar inconveniente que el orden social desconozca identificables fines colectivos, esto es, que sus miembros convengan en lo relativo a medios, pero que no ocurra algo semejante en lo concerniente a fines. Ignoran que la meta primordial de la cooperación es meramente instrumental, porque esta última se circunscribe a promover un sistema abstracto que desprovisto de fines concretos, no obstante, facilita llenar las necesidades de numerosas personas. La moral predominante, consecuencialista e intencionalista, tributaria en gran medida de aquella de los pequeños grupos que perseguían exclusivamente concretas metas comunes, condena por tal razón el orden de extenso ámbito al que urge corregir intolerable fallo114. Circunstancia esencial que ese ilusorio argumento tiende a ladear es que precisamente el acceso de una mayor cantidad de individuos a la oferta de bienes guarda relación directa con el hecho que los sujetos en presencia, al objeto de adquirir los respectivos bienes, deben usar adecuadamente la información de que se pueda echar mano115. Es justamente la restricción de la coerción al respeto de reglas de carácter negativo el factor que permite la inserción de individuos y grupos en un orden de convivencia pacífica que posibilita diversidad de fines, dado que el abandono de la práctica de imponer conocidas metas colectivas ha facilitado atribuir a la sociedad abierta el sentido al uso que le otorgamos116.
A pesar de que a más de uno cause extrañeza el aserto, desde la óptica de la filosofía libertaria es la erradicación de las reacciones emocionales el medio más efectivo para concertar los esfuerzos de numerosos sujetos117. En ese sentido, por motivo que el término natural aparece asociado más con “salvaje” o “instintivo” que con la forma “aceptada”, “indicada” de actuar, y en vista que los de nuestra generación hacen injustificadamente objeto de aprobación semejante ecuación, es oportuno renunciar a la extendida propensión de parangonar lo bueno con lo natural, pues son las normas culturalmente transmitidas, no las tendencias genéticamente heredadas ni la capacidad racional, las que revisten el carácter bueno de nuestras acciones118.
Si, por una parte, no puede exigirse salvar la vida de todos los seres humanos en cada lugar en que estos habiten, dada la imposibilidad de cualquier tentativa en esa dirección, por otra parte, tampoco es lícito impedir el crecimiento demográfico de las poblaciones que a expensas de sí mismas se sostengan. En ese sentido, son las mismas naciones que todavía no lo disfrutan las que deben determinar si un nivel superior de vida resarce las privaciones que reclama. De esa cuenta, es moralmente reprobable, por la prepotencia que el acto rezuma, que los países industrializados empujen y, con mayor razón, obliguen a las poblaciones de otras zonas geográficas a detener su crecimiento, si la conveniencia de estas últimas así lo sugiere119. Por lo demás, aun cuando a muchos produzca desagrado, deben reconocer que quienes se han asentado en los cinturones de las periferias metropolitanas tomaron esa decisión porque consideraron más deseables las nuevas condiciones que el movimiento migratorio ofrecía que aquellas de las que disponían en el ambiente original, en términos generales campestre, que habían abandonado, pero al que con total falta de espíritu crítico se tiende a describir con acentos idílicos120.
Ciertamente el cálculo que conlleva la práctica mercantil consiste en un recuento de vidas humanas. Prueba de ello es que los procesos de mercado se impusieron a otros órdenes de convivencia gracias a que facilitaron a las agrupaciones que abrazaron sus principios agregados de población más densos. De esta suerte aquellos que consintieron conformar su actuación a los requerimientos del mecanismo de mercado, aunque no fuese su propósito, propiciaron el incremento demográfico121. Es ficticia la especie echada a rodar por Karl Marx relativa a que el proletariado debe su aparición al expolio de sectores que de otro modo no se hubieran podido mantener. Por el contrario, ha sucedido que muchas personas que en la hora presente forman parte del proletariado sobrevivieron porque los mecanismos de la economía de mercado les proveyeron las oportunidades de hacerlo. Si bien quienes entregan su actividad laboral a cambio de un salario tienden a considerarse objeto de explotación, y el oportunismo político capitaliza ese sentimiento a favor de la popularidad que incrementa el caudal de votos, constituye hecho incontrovertible que los obreros del mundo industrializado, de igual modo que las masas de población que hoy habitan en los países subdesarrollados, han sobrevivido debido a los medios (pensemos, por aducir un ejemplo, en los avances de la tecnología médica) que los países desarrollados han puesto a su alcance122. En cuestiones como la independencia que brinda la economía de mercado a muchas personas, en relación al núcleo familiar o al círculo tribal, para adquirir bienes, se muestra con mayor facilidad la superioridad de reemplazar fines concretos y particulares por reglas abstractas y generales123.
* Profesor de Etica y Filosofía Social en la Universidad Francisco Marroquín 1 Véase CORTINA A., “Justicia y Solidaridad. Las virtudes de la Etica Comunicativa”, en USTA (ed.), Etica en América Latina. VI Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana, USTA, Bogotá 1991, 28.
2 Véase l. cit. IDEM et al., Etica de la empresa. Claves para una nueva cultura empresarial, Trotta, Madrid 1994, 35.
3 Cf. l. cit. IDEM et al., Etica de la empresa, 37.
4 Cf. IDEM, “Etica Civil y Etica Religiosa”, en XIII CONGRESO DE TEOLOGIA, Etica Universal y Cristianismo, Centro Evangelio y Liberación, Madrid 1994, 71.
5 Cf. CORTINA A., op. cit., 70.
6 Cf. ibid., 71.
7 Véase CORTINA A., “Etica Filosófica”, en VIDAL M., (ed.), Conceptos Fundamentales de Etica Teológica, Trotta, Madrid 1992, 146, 153.
8 Cf. CORTINA A., “Etica Civil y Etica Religiosa”, 71; IDEM, “Etica Comunicativa”, en CAMPS V. – GUARIGLIA O. – SALMERON F. (eds.), Concepciones de la Etica, Trotta, Madrid 1990, 180; IDEM et al., op. cit., 40; IDEM, “Etica discursiva en el ámbito de la Información”, en BONETE PERALES E. (ed.), Eticas de la Información y Deontologías del Periodismo, Tecnos, Madrid 1995, 151.
9 Cf. l. cit.; IDEM, “Etica Civil y Etica Religiosa”, 71; IDEM et al., op. cit., 40.
10 Cf. CORTINA A., “Etica discursiva en el ámbito de la información”, 151; IDEM et al., op. cit., 40. Véase similar posición defendida por LATORRE A., Introducción al Derecho, Ariel, Barcelona 19767, 49-51.
11 Cf. CORTINA A., “Etica discursiva en el ámbito de la información”, 151; IDEM et al., op. cit., 41.
12 Cf. GRACIA GUILLÉN D., “Estructuras biológicas y Estructuras éticas”, en USTA (ed.), I Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana. Ponencias, USTA, Bogotá 1981, 349; IDEM, “En torno a la fundamentación y al método de la Bioética”, en USTA (ed.), VI Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana. Etica en América Latina, USTA, Bogotá 1991, 95ss.; IDEM, “Planteamiento general de la Bioética”, en VIDAL M. (ed.), Conceptos fundamentales de ética teológica, Trotta, Madrid 1992, 431ss.
13 Cf. GRACIA GUILLÉN D., “Planteamiento general de la Bioética”, 429.
14 Cf. l. cit.
15 Cf. l. cit.
16 Cf. ibid., 430, 432, 433, IDEM, “En torno a la fundamentación y el método de la Bioética”, 92, 96, 109.
17 Cf. ibid., 110; IDEM, “Planteamiento general de la Bioética”, 434.
18 Cf. ibid., 429, 433; IDEM, “En torno a la fundamentación y el método de la Bioética”, 109.
19 Cf. ibid., 108, 109, 110; IDEM, “Planteamiento general de la Bioética”, 432, 433, 434.
20 Cf. GONZÁLEZ ALVAREZ L. J., “Nuevas perspectivas para la Etica”, en USTA (ed.), Etica en América Latina. VI Congreso internacional de Filosofía Latinoamericana, USTA, Bogotá 1991, 22.
21 Véase GONZALEZ ALVAREZ L. J., op. cit., 23.
22 Cf. BUNGE M., “Hayek: ¿economista o ideólogo?”, en Siglo Veintiuno 964 (Guatemala 8 de noviembre de 1992) 12. Esta columna que, en la sección titulada “Grandes Firmas”, publicó el filósofo argentino fue objeto de juiciosa refutación por parte del catedrático universitario Rigoberto Juárez-Paz, quien su momento ejerció el derecho de respuesta. Véase IDEM, “Hayek y la crítica de Mario Bunge”, en Siglo Veintiuno 1014 (Guatemala 28 de diciembre de 1992) 14-15.
23 Cf. PEREZ LUÑO A., Derechos Humanos, Estado de Derecho y Constitución, Tecnos, Madrid 19955, 154.
24 Cf. SEBASTIAN (de) L., Mundo rico, mundo pobre .Pobreza y Solidaridad en el mundo de hoy = Presencia Social 3, Sal Terrae, Santander 1992, 86, 93.
25 Cf. APEL K. – DUSSEL E. – FORNET R., Fundamentación de la Etica y Filosofía de la Liberación, Siglo XX, México 1992, 67.
26 Véase GIRARDI G., Fe cristiana y materialismo histórico, Sígueme, Salamanca 1977, 119.
27 Cf. HAYEK Fr., La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión, Madrid 1990, 43.
28 Cf. HAYEK Fr., Derecho, Legislación y Libertad. Una nueva formulación de los principios liberales de la justicia y de la política económica II, Unión, Madrid 19882, 199.
29 Cf. HAYEK Fr., Derecho, Legislación y Libertad. Una nueva formulación de los principios liberales de la justicia y de la política económica III, Unión, Madrid 1982, 284.
30 Véase ibid., 280-281.
31 Cf. ibid., 281.
32 Véase HAYEK Fr., La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, 215. Para muestra el botón que aporta DUSSEL E., “Hipótesis para una Historia de la Filosofía en América Latina (1492-1982)”, en USTA (ed.), II Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana, USTA, Bogotá 1983, 410: “Ultima consistencia, fundamentación ontológica o centro ideológico –como indicaba Gramsci- de una sociedad significan aquí lo mismo. Por ello, siendo la ideología la justificación de la praxis de todo agente, la filosofía es la última justificación de la totalidad práctica de una sociedad. Es evidente que toda totalidad humana tiene ciertas relaciones esenciales que la determinan. Así, no es lo mismo ser pastores que agricultores, poseer la industria del bronce que del hierro, caminar a pie que a caballo. Estas relaciones productivas (hombre-naturaleza), entre las cuales la producción industrial es la más avanzada que el hombre haya inventado, se sobreponen a relaciones prácticas (hombre-hombre). De allí que puedan determinarse algunas relaciones productivas y prácticas formando totalidades estructurales definibles en la historia de la humanidad, y más concretamente desde el siglo XVI, que es lo que nos ocupa aquí. Si un hombre en el antiguo Egipto trabaja la tierra es un agricultor. Si debe pagar con parte del producto de su trabajo un tributo a la clase faraónica, tenemos así una triple relación: productiva (agricultor), práctica (clase faraonia-campesinado, práctico-productiva (tributo). Podríamos entonces hablar de una totalidad práctico-productiva tributaria. Es evidente que la ideología de la clase faraónica (símbolos, religión, sabiduría astronómica, matemática, etc.) tendía a justificar esta dominación de la clase faraónica sobre el campesinado, e igualmente sobre la última clase subalterna: los esclavos –entre los que se encontraba un líder de liberación llamado Moisés-. De esta manera, la filosofía medieval, por ejemplo la escolástica, como centro de la ideología feudal, tendía a justificar la dominación de los señores feudales sobre sus siervos. Todo esto de manera inconsciente y como la “naturaleza misma de las cosas.”
33 Cf. ibid., 214. También sustenta similar opinión RUSSELL B., Obras Completas I. Historia de la Filosofía, Aguilar, Madrid 1973, 28-29: “Mediante la asociación con el gobierno, los dioses también se mantenían asociados con la moralidad. Los legisladores recibían sus códigos de un dios; así, una contravención de la ley se convertía en una impiedad. El código legal más antiguo hasta ahora conocido es el de Hammurabi, rey de Babilonia (2067-2025 a. de C.); este código afirmaba el rey que le había sido entregado por Marduk. La conexión entre religión y moralidad se fue haciendo continuamente más estrecha a lo largo de toda la antigüedad.”
34 Cf. ibid., 211. Al respecto GALINDO POHL R., Guión Histórico de la Ciencia del Derecho I, UCA editores, San Salvador 1978, 92, afirma que: “Sobre la existencia del derecho en las sociedades muy primitivas discuten sociólogos, antropólogos y otros especialistas. Algunos sociólogos y antropólogos estiman que la religión basta para mantener la cohesión y la operatividad de las comunidades muy primitivas, y que en tales condiciones la religión no requiere de medidas coercitivas para imponerse, ya que el temor a lo ultraterreno basta para mantener el apego a las prescripciones del grupo. Esta tesis tuvo acogida entre antropólogos y sociólogos del siglo XIX. Otros investigadores señalan que las normas religiosas siempre necesitan la tutela social organizada en cuanto regulan relaciones mundanas, y por lo tanto el sello propiamente jurídico, ya que las normas religiosas, en lo que tienen de exclusivamente religiosas, son insuficientes para gobernar la sociedad. Asentadas en la cosmovisión religiosa dominante, las normas llamadas a mantener el orden y la cohesión de la sociedad requerirían siempre de un elemento coercitivo y por lo tanto adquirirían el carácter de normas jurídicas, sin mengua de su contenido y fundamento religiosos.”
35 Cf. ibid., 213. Acertadamente suscribe GUTIERREZ G., “La ‘Veritatis Splendor’ y la Etica Consecuencialista Contemporánea”, en DEL POZO ABEJON G. (ed.), Comentarios a la Veritatis Splendor, = Estudios y Ensayos 27, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2002, 243: “Ninguna teoría ética que pretenda interpretar y justificar los datos de la llamada ’conciencia moral ordinaria’ o ‘moral de sentido comun’ puede sostener de manera sistemática que el valor moral de las acciones radica exclusivamente en la intención o en las consecuencias efectivas de la acción: esta es precisamente una de las objeciones radicales contra la plausibilidad del consecuencialismo.”
36 Cf. ibid., 211. GUTIERREZ G., op. cit., 243-244, ilustra oportunamente que: “La teoría consecuencialista puede ser considerada como una especie que aporta una misma estructura formal a las diversas interpretaciones materiales de su principio básico que proponen las diferentes teorías particulares. Por una serie de circunstancias históricas, la teoría utilitarista se presenta como paradigma del consecuenciallismo, y hasta podría decirse que el concepto de éste se ha obtenido por sublimación a partir de aquél. Pero existen versiones no utilitaristas del consecuencialismo, que, a diferencia del utilitarismo, no valoran las consecuencias en términos de bienestar o satisfacción o, en definitiva, estados de conciencia. Un ejemplo lo ofrece G. E. Moore cuando argumenta en favor de la obligación de procurar la existencia de un mundo bello aunque nadie disfrute contemplándolo. Aunque se ha calificado su teoría de utilitarismo idealista, no parece correcto hacerlo, puesto que lo que ha de maximizar el agente es algo que, aun siendo intrínsecamente bueno, no es un estado de conciencia. La estrecha asociación entre consecuencialismo y utilitarismo se debe a que éste se ha consolidado a lo largo de los dos últimos siglos como una de las doctrinas más coherentes aunque controvertidas –y, por eso mismo, vivas- de la filosofía moral y política. Ello se debe tanto a razones históricas como sistemáticas. Entre las primeras hay que señalar que el utilitarismo estuvo inspirado desde sus orígenes por el propósito de introducir en la sociedad las reformas –penales, políticas, jurídicas, económicas, educativas, etc.- necesarias para alcanzar los niveles de felicidad y bienestar que se juzgaba éticamente deseables. Por ello no se limitó a los aspectos individuales o privados de la moral, sino que ofreció una teoría de las decisiones políticas y públicas, muy en especial las que afectan a la política económica asociada con el Estado del Bienestar. La Economía del Bienestar –que nació de la mano de C. A. Pigou en la Universidad de Cambridge, en la que el mayor teórico del utilitarismo en el siglo XIX, H. Sidgwick, había ejercido una duradera influencia como catedrático de filosofía moral- incorpora como axiomas determinadas tesis éticas utilitaristas, asignando, por ejemplo, al ordenamiento económico el objetivo de maximizar el bienestar de la sociedad concebido como la suma de los bienestares individuales. No es de extrañar, por tanto, la estrecha interacción de la filosofía del consecuencialismo utilitarista con la teoría y la práctica de la economía, a la que se ha aludido anteriormente. Entre las razones sistemáticas cabe señalar que el utilitarismo, aun cuando sus propios principios éticos sean muy controvertidos, siempre ha defendido la posibilidad y la necesidad de una teoría ética auténticamente normativa que permita discutir racionalmente cuestiones morales sustantivas y no sólo formales. Y tiene el mérito de haber sostenido esta tesis, casi en solitario, a pesar del descrédito epistemológico que para la filosofía analítica –que dominó durante varias décadas del presente siglo la filosofía moral angloamericana- afectaba a toda filosofía moral normativa. Gracias precisamente a la presión de la crítica, el utilitarismo fue refinando y reelaborando muchas de las primitivas formulaciones de Bentham, Mill o Sidgwick. Sustituyó así, por ejemplo, la noción benthamiana de felicidad entendida como sensación placentera –deudora de una teoría psicológica muy tosca- por la más abstracta de satisfacción de preferencias mensurables sobre una escala de utillidad. Al eliminar presupuestos epistemológicos y psicológicos caducos que no le eran consustanciales se ha ido manifestando con mayor nitidez su estructura consecuencialista básica.”
37 Cf. ibid., 43. A juicio de NODARSE J. J., Elementos de Sociología, Compañía General de Ediciones, México 197713, 152: “El hombre se clasifica a sí mismo, con evidente exageración por el alcance absoluto del término, como un ser racional. Es cierto que la especie humana es la única capaz de razón en la naturaleza, pero esto no quiere decir que el hombre haga uso principal de esa capacidad. En verdad somos racionales en medida muy escasa, en cuanto sólo por excepción determina la razón nuestra conducta. Pero, en cambio, asistidos de ella somos capaces de sacar lección de la experiencia en la reflexión sobre los actos pasados. Esta es la manera de obrar más efectiva de la razón: reflejar sobre el presente la luz que arrojan las experiencias del pasado, desprovistas ya del calor que desarrollaron al engendrarse. De aquí la gran importancia y utilidad de la Historia como aleccionadora de la humanidad. La razón actúa sobre la conducta ordinaria no como un estimulante, sino más bien como una fuerza de inhibición y control; su influencia se deja sentir más en lo que nos abstenemos de hacer que en lo que hacemos. Cuando no cedemos de inmediato al impulso del deseo ni nos dejamos arrastrar por fáciles e irreflexivos entusiasmos, cuando no rendimos la voluntad a la seducción de un credo o de una doctrina de hermosa apariencia y distinguimos entre lo bello y lo verdadero; cuando, en fin, somos capaces de tomar con cautela nuestros propios criterios y no nos apegamos demasiado a ellos, entonces estamos obrando conforme a la razón y somos a plenitud, en ese momento, seres racionales. Pero eso ocurre pocas veces y en contados casos personales.”
38 Cf. l. cit.
39 Cf. HAYEK Fr., Derecho, Legislación y Libertad III, 277. Punto de vista que comparte el sociólogo NODARSE J. J., op. cit., 225, cuando escribe: “En las comunidades primitivas, donde las funciones sociales no se hallaban bien diferenciadas aún y las instituciones públicas apenas se distinguían de las privadas; cuando la comunidad de vida era tan estrecha entre los miembros del grupo, que todo acto personal se consideraba que afectaba de alguna manera los intereses o la seguridad colectiva, era natural que todas las actividades, que cualesquiera manifestaciones de la conducta estuvieran cuidadosamente reguladas. La caza, la siembra, la recolección, la comida, la construcción de la vivienda, la guerra, el trato de gentes, etc. habrían de hacerse de acuerdo con reglas establecidas por la costumbre. De igual modo, el nacimiento, la entrada en la pubertad, el matrimonio, las relaciones con lo que se consideraba sagrado, requerían la celebración de ritos tradicionales. Y cada costumbre, rito o ceremonia se acompañaba de un tabú que condenaba su violación con penas generalmente severas.” Para el propósito que a esta investigación conviene, Nodarse completa el cuadro de la siguiente forma en la página 230 del libro ya referido: “En los tiempos primitivos de las organizaciones tribales, mientras el ritmo de los cambios sociales se mantuvo lento, hubo de bastar la rígida regulación tradicional para resolver los casos particulares de conflictos entre los individuos y el grupo; pero en las culturas de la época histórica, con agrupaciones sociales mucho mayores y de más complejas relaciones entre sus miembros por la creciente diversidad de intereses, los conflictos con las estáticas costumbres del pasado hubieron de hacerse de más en más frecuentes, planteando la necesidad de definir las obligaciones y derechos de cada cual entre sí y en relación con el grupo, atendiendo a las circunstancias actuales.”
40 Cf. ibid., 280.
41 Cf. ibid., 275-276. Conforme la sucinta declaración de NODARSE J. J., op. cit., 43: “Ahora bien, el primitivo no concebía la existencia de una disposición favorable para otra persona más que entre el grupo familiar, entre padres e hijos; todo lo demás era hostilidad.” Aserto con el que muestra acuerdo PIPES R., Propiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia = Noema 5, Fondo de Cultura Económica, Madrid 2002, 113, al aseverar: “La propiedad entre los pueblos primitivos adquiere dos formas: de parentesco (tribal o familiar) e individual. Los grupos de parentesco comúnmente controlan la tierra en la que sus miembros se reúnen, cazan, pescan o, con menor frecuencia, cultivan y excluyen a los que no son miembros del grupo. La propiedad individual incluye los efectos personales (ropas, armas, herramientas) así como bienes intangibles como las canciones, los mitos, las oraciones, los conjuros, etcétera.” En ese sentido insiste más adelante PIPES R., op. cit., 12, al expresar: “Cazar y recolectar es una forma de subsistencia que ha caracterizado, quizá, casi el noventa y nueve por ciento del pasado de la humanidad. Una estimación más prudente sostiene que, de los ochenta mil millones de personas que han habitado la tierra hasta el presente, más de un noventa por ciento se ha mantenido mediante la caza y la recolección, esto es, una forma de subsistencia que no difiere de la de los animales en su entorno […] Se considera que sólo un seis por ciento se dedicó a la agricultura y el cuatro por ciento restante a actividades industriales. A menos que cuenten con más espacio del necesario, los cazadores y recolectores protegen sus territorios con mucho celo, porque dependen totalmente de él para su supervivencia. Es costumbre entre esos grupos, generalmente organizados en familias muy amplias, permitir que sean sólo sus parientes los que exploten las tierras en las que buscan sus alimentos. Aunque ocasionalmente se podía dar permiso a los extraños, se perseguía y mataba a los que entraban sin autorización. La ferocidad con la que las tribus primitivas defendían su territorio ha sido comparada con la ferocidad de otros mamíferos.”
42 Según RUSSELL B., op. cit., 36: “La civilización reprime los impulsos no sólo mediante la previsión, que es una represión autoadministrada, sino también mediante la ley, la costumbre y la religión. Este freno lo hereda de la barbarie, pero lo hace menos instintivo y más sistemático. Ciertos actos son calificados como criminales, y son castigados; otros, aunque no castigados por la ley, son reputados como perversos, y exponen a los que son reos de ellos a la reprobación social. La institución de la propiedad privada trae consigo la sujeción de las mujeres y, usualmente, la creación de una clase esclava. Por un lado, los propósitos de la comunidad se imponen sobre los particulares, y por otro lado, el individuo, que ha adquirido el hábito de mirar su vida como un todo, sacrifica progresivamente su presente a su futuro:” En ese sentido NODARSE J. J., op. cit., 27, asienta que: “Es un error menospreciar las fórmulas de la práctica social de la cortesía por convencionales e insinceras. En muchos casos lo son, sin duda, mas esto no desmerece su valor social. La vida en sociedad es posible porque el hombre ha aprendido a refrenar sus impulsos primigenios y ha sido capaz de adoptar una conducta que resulte grata a los demás, o por lo menos tolerable, para no enajenarse la buena voluntad de aquellos de quienes más directamente depende para la satisfacción de sus múltiples necesidades. La suma sinceridad estaría es manifestarnos sin velo ni moderación alguna, tal como somos, sentimos o pensamos; pero tal actitud ‘natural’ suscitaría una serie inacabable de conflictos, porque la vida civilizada es artificio y convención y cada vez más se aleja de lo natural en todos los órdenes. La complejidad de las relaciones en las comunidades humanas civilizadas es tal, que impone una serie cada vez mayor de inhibiciones, ajustes y convencionalismos de imprescindible observancia para discurrir sin choques en la vida social.”
43 Cf. HAYEK Fr., Derecho, Legislación y Libertad III, 276.
44 Cf. HAYEK Fr., La fatal arrogancia, 42-43. Como observa NODARSE J. J., op. cit., 130-131: “La respuesta al reto de esta nueva situación fueron los grandes códigos de derecho, de legendario prestigio, tales como los de Hammurabi, Licurgo, Solón, Dracón, etc. Estos primeros códigos se basaban en las costumbres del pueblo del respectivo legislador epónimo, y no aspiraba a otra cosa que a regular de modo mejor sus funciones normativas, alterando y añadiendo sólo lo indispensable, pero cuidándose de apartarse demasiado del espíritu que las animaba, como lo revela su pretensión común de estar inspirados por la divinidad. Pese a lo cual no fue escasa la obra personal del legislador, que hubo de seleccionar entre la masa enorme de las costumbres las más apropiadas a sus fines, desechando muchas y modificando no pocas por medio de la interpretación personal de sus alcances, para evitar contradicciones en el conjunto codificado. El derecho surge, pues, de la costumbre, y aún en nuestros tiempos ésta sigue siendo una de las fuentes de aquél, particularmente en los países más apegados a la tradición, como Inglaterra, donde el derecho consuetudinario tiene gran aplicación y rige hasta en asuntos constitucionales. Los códigos civiles de aquellos países que lo toman del de España reconocen la eficacia jurídica de la costumbre. ‘Cuando no haya ley exactamente aplicable al punto controvertido se aplicará la costumbre del lugar y, en su defecto los principios generales del derecho.’ Pero en todas partes, por supuesto, los preceptos legales están hoy por encima de las normas originarias de las costumbres, y así hallamos en el propio Código Civil referido, la advertencia (art. 5º) de que ‘contra la observancia de las leyes no prevalecerá la costumbre, ni la práctica en contrario o el desuso.”
45 Cf. HAYEK Fr., Derecho, Legislación y Libertad III, 260. |