¿Qué tan justo es el llamado “clamor
por la tierra”?
Gloria Alvarez*
“Los Obispos han puesto el dedo en la
llaga”…
En 1987 se terminó un proyecto
bastante ambicioso por parte del episcopado católico guatemalteco. Después de
haber recopilado la información necesaria, decidieron unir toda clase de
justificaciones en una carta que es la base del análisis que se discute en esta
monografía.
Es un documento con el típico
lenguaje romántico, que utiliza palabras versátiles, engatusando, y con argumentos erróneos, típicos de la Teología
de la Liberación, inspirada en el socialismo. El documento aquí analizado, tuvo
gran acogida en varias partes del mundo, y desgraciadamente fue traducido a
diferentes idiomas; regándose como pólvora, al igual que antes lo lograron
escritos de su tipo, entre individuos simplistas, cortoplacistas, pero con una
gran influencia en sus entornos.
He aquí una monografía, que analiza
qué tan justo puede ser este clamor por la tierra, cuando en un principio, la
justicia puede ser aplicada solamente a individuos; mientras esta carta se basa
en la inexistente y mal llamada “justicia social”, hablando de “males” y
responsabilidades sociales. Los obispos no han puesto el dedo en ninguna llaga,
han creado una llaga a base de falacias desviando la atención del punto
central, del único camino que puede ser cualquier persona para alcanzar la
riqueza. Es que todo depende de la actitud de la persona, no de lo mucho que
posea. Guatemala necesita educación, no una iglesia entrometida hablando de
conceptos socialistas.
Es una vergüenza para los creyentes
en la religión cristiana, ver cómo su Iglesia católica se ha degenerado,
involucrándose en asuntos que no le incumben, tergiversando la Sagrada
Escritura, amenazando las libertades individuales, y sobre todo, el derecho que
todos tenemos a ser desiguales, que más que un derecho es nuestra realidad como
seres humanos, ser diferentes. Todo por
luchar por un “clamor” que, en materia de justicia, se queda corto.
Qué es el clamor por la tierra
Este documento episcopal, trata de
justificar el clamor por la tierra de los indígenas en nuestro país; con la
concepción típica de Latinoamérica, de pensar en la tierra como una fuente de
riqueza en si misma, por encima de los méritos que una persona pueda llegar a
adquirir. En contraposición, en los países desarrollados, esta visión ya se ha
dejado atrás. Vale más tener acciones, mover capital, tener mérito; que ser el
dueño de algún pedazo de terreno, porque ya se ha comprendido que el camino
para salir de la pobreza, se encuentra en la generación de mayor producción, la
cual no siempre va ligada a la tenencia de tierra. Es necesario también aclarar
que en los países subdesarrollados, a falta de una industria masiva, lo único
que las personas perciben, es lo que tienen, no de lo que carecen; por eso la
tierra ha sido la válvula de escape. Es muy difícil desprender de este tipo de
mentalidad, la visión de pensar en la tierra como si fuera un ente autónomo,
sin entender que el obsequio de este bien no significa que la persona que lo
recibe, lo va a poder explotar en la medida necesaria para crear riqueza. El
capitalismo nos ha enseñado, que mientras los bienes sean libres, van a
terminar en las manos de las personas que mejor las podrán utilizar,
maximizando los beneficios del bien y minimizando las externalidades. Mucha
gente no comprende que la potencialización que una empresa multinacional, o un
terrateniente con el adecuado capital, le puede dar a un territorio, es mucho
mayor a la potencialización que el mismo terreno tendría en la posesión de un
campesino sin poder adquisitivo, que, al no generar riqueza, se ve en la
incapacidad de seguir manteniendo este bien, y por lo tanto, vuelve a perderlo.
Este curso por supuesto solo se desenvuelve siempre y cuando estemos hablando
de bienes libres.
En esta carta, se refleja el apoyo
completo que la institución de la Iglesia le otorga a este sector de la
sociedad que ha sido “víctima” de la falta de caridad por la que atraviesan los
cristianos pudientes en Guatemala.
La tierra se considera como el único
medio capaz de sacar de la pobreza a los más explotados de nuestra población.
Este argumento es de corte eminentemente socialista, que recuerda a las
falacias de la “Teología de la Liberación”, que el mismo Vaticano hizo
callar en la década de los ochentas.
A lo largo de esta justificación, se
percibe la falta de fundamentos al declarar la tenencia de la propiedad privada
como un pecado.
No es la carencia de tierra el
problema; es la mentalidad atrasada, estancada en un pasado agrario y feudal,
donde el desarrollo intelectual humano no cuenta. Lo que cuenta es la cantidad
de tierra que se posee para poder cultivar, y vivir a corto plazo, pensando en
el pan de cada día, sin ver más allá de 24 hrs. Se defiende la postura que la
única forma para enriquecerse, radica en el despojo al otro.
Es injusto atacar la tenencia de la
tierra en manos del sector privado cuando ni se ha tomado en cuenta la cantidad
en tierra improductiva, mal cuidada, en peligro de destrucción, en manos del
Estado y hasta de la misma iglesia, y que es igual de productiva, para los
cultivos, que la yaciente en manos privadas.
Antecedentes de esta injusticia
Al referirnos a los orígenes de la
tenencia de la tierra en la Colonia, solo podemos hacerlo pensando en que este
sistema puso a una clase racial por encima de la otra. En parte, son éstos los
orígenes que han creado hoy en día tanta discriminación. Pero la única manera
de justificar que es culpa del sistema colonial que los indígenas en la actualidad
no tienen tierra; sería demostrando que actualmente, los dueños de estas
tierras son los descendientes directos de los españoles que la tuvieron al
principio; y que los descendientes de aquellos indígenas que se vieron privados
de sus tierras en aquél entonces, son los ancestros directos de la clase que
hasta el día de hoy se encuentra “explotada”, por seguir subyugada a estos
señores semifeudales, sin recibir un sueldo; caso que obviamente no es
existente.
Cabe en la lógica demostrar que
mientras no haya interferencia del Estado, la tierra, como cualquier bien,
terminan en las manos de quien mayor provecho le puede sacar, realizando el
trabajo más eficiente.
Actualmente, no existe un país que,
siendo eminente agrario, haya salido del subdesarrollo. Ningún país se avoca a
la tenencia de la tierra para enriquecerse.
La distribución de la tierra en
manera desigual, nada tiene que ver con los problemas socio-económicos. Reitero
en que es la actitud y mentalidad las que con los mismos recursos, son capaces
de hacer el cambio entre un país pobre y un país rico.
Al afirmar que son las tierras de
ricos agro exportadores, las que venden los bienes mejor pagados, debería
hacerse con el debido entusiasmo, ya que estas condiciones traen los mejores
ingresos, que si en un principio están en manos del vendedor directo, su dinero
empieza a circular; y en algún punto, un porcentaje del mismo, llega a otras
manos distintas de las del agro exportador, creando trabajo y trayendo divisas
al país.
Esta misma carta, especifica que los
campesinos no poseen las capacidades técnicas, ni de ahorro, necesarias para
explotar esta tierra eficientemente, y terminan dañando la ecología, siendo
víctimas de los cambios en el clima que los perjudican gravemente. El
entregarle tierras a estas personas, no significa que su capacidad de ahorro y
sus habilidades técnicas van a mejorar inmediatamente con la transferencia. Ni
la tenencia de tierra ni el cultivo de la misma tienen que ver con que esta
capacidad de ahorro se incremente (a menos que vendan la tierra), y mucho menos
sus habilidades técnicas.
Función del Estado no es proveer de
salud, educación, y vivienda. La única función que posee es la de proveer las
condiciones necesarias de seguridad, para que todos los guatemaltecos puedan superarse
libremente, y el respeto, y aplicación de las
leyes. Su verdadera obligación radica en apartarse de cualquier función
administrativa; en la que demuestra ser tan ineficiente, y en la que por mucho,
es el sector privado el que lo aventaja.
Si bien es cierto que la desigualdad
social en nuestro país, priva de oportunidades a los sectores marginados, esta
situación no va a cambiar con la distribución equitativa de la tierra; sino
cuando cambie la actitud de resentimiento y opresión de las partes.
La forma de ver al campesino no va
cambiará al saber cuánta tierra posee el mismo, porque este es un problema de
discriminación social, no económico, que tiene raíces que no se pueden eliminar
por la cantidad de bienes que alguien posea. Este problema cambiará cuando se
modifique la actitud de los guatemaltecos.
El precepto constitucional al que se
aferran los obispos al referirse a la igualdad prometida para todos los
guatemaltecos, en un principio, no debería existir porque no hay injusticia más
grande que declarar a todos como iguales, cuando en lo único en lo que debemos
serlo es en nuestros derechos y obligaciones ante las leyes.
A diferencia de lo estipulado en la
carta, el trabajo del hombre si es valorado del mismo modo que es valorada
cualquier mercancía, en función de su utilidad y escasez. Si el campesino
trabaja por salarios mínimos, es porque está seguro que esto es mejor que nada;
y que aparte de él mismo, ni el Estado ni sus otros compañeros lo salvarán.
Si bien es cierto que muchos
propietarios de tierras las obtuvieron a través de concesiones, sobornos y
transferencias por parte del Estado u otros medios, estos no son la mayoría,
porque quien no resulta productivo, no se enriquece y se ve obligado a conceder
sus bienes a personas aptas.
En cuanto a las legislaciones hechas
durante el periodo al que esta carta episcopal se refiere, para beneficiar a
los sectores privados y marginar a los campesinos; esta resulta tan injusta
como la solicitud de leyes que protejan al campesino en materia de adquisición
de tierras. En un principio, y en cuanto a justicia se refiere, ninguna de las
dos partes debería verse privilegiada por la existencia de una ley de tierras.
Es un concepto que ni siquiera debería considerarse en un Estado de Derecho,
porque en nombre de la “justicia social”, la única justicia real y existente,
se viola y se corrompe.
Al tratar de evitarse crisis como la
de Panzós, con la justificación de que éstas no sucederían si hubiera una
“justa” distribución de tierra; no se esta viendo el problema de fondo. Es ahí
donde el Estado debe decir presente y brindar de protección y seguridad, en vez
de adjudicarle la responsabilidad de esta crisis al sector privado que poco
tiene que ver en cuanto a la violencia por la que atraviesa nuestro país. Se ha
comprobado que uno de los factores, aunque no el único, que genera violencia,
es la pobreza. Si algo combate el capitalismo, es la pobreza, a través de la
creación de riqueza, y muy poco tiene que ver el sector privado, que en cambio,
brinda de otras oportunidades para la gente que de otro modo estaría condenada
a una vida desfavorable.
Manipulación por medio de argumentos religiosos
¿A quién trata de engañar la Iglesia
tergiversando las palabras del Papa Juan Pablo II?
El se refiere a devolverle la
dignidad a quienes sufren la injusticia, el desprecio y la miseria. En esta
carta, tratan de hacer ver como sinónimos, la dignidad y la tenencia de la
tierra. ¿Qué tiene que ver la cantidad de bienes con lo digna que sea una
persona?
Este es otro argumento de corte
socialista que resulta muy efectivo para desordenar las mentes víctimas de la
ignorancia racional que en más de una ocasión, a lo largo de sus vidas, se
pueden llegar a encontrar defendiendo una causa que ni ellos mismos entienden.
Si alguien sabe, y defiende, que la dignidad de una persona no se mide por sus
bienes materiales, es un cristiano. ¿Y quien más cristiano que el Papa para
entender esto? ¿Y para que nosotros entendamos que este no es el mensaje al que
el sumo pontífice se refiere?
Realmente, es de preguntarles a los
señores obispos, ¿A quién tratan de engañar?
Una persona se dignifica a través
del trabajo, porque por medio de este consigue los bienes que necesita para
sobrevivir y que se ha ganado. Pero no existe ningún mérito en la persona que
goza de algo que no le ha costado trabajo. Nada tiene que ver la dignidad con
la concesión de tierras, puesto que esta práctica, no dignifica a las personas
por la misma privilegiadas, ya que éstas, terminan gozando de algo que no es
fruto de su trabajo.
Después de culpar al sector privado
de la “injusticia” que atravesamos en nuestro país, y después de exigirle al
Estado una obligación que para nada le compete, los representantes de la
Iglesia católica en nuestro país, a través de esta carta, pasan a degenerar
algunos párrafos de la Biblia, justificando la repartición de las tierras como
una mandato divino, que debe ser cumplido por todos aquí en la tierra.
Es injusto tergiversar las palabras
de la Santa Escritura para poder justificar el darle tierra a los desposeídos.
La misma Biblia habla acerca de los
cargos del hombre de “labrar y cuidar la tierra”. Irónicamente, esta parte no
fue argumentada dentro de esta carta; pues solo tomaron los pasajes que
pudieron utilizar a su conveniencia. Pero muchos métodos utilizados tanto por
los campesinos como por grandes industrias, no “cuidan” la tierra, ni el
ecosistema.
Aún así, es válido decir que al
menos las personas por naturaleza tendemos a cuidar lo que es nuestro, la
propiedad privada. Mientras que lo que no es de nadie, sino de todos, resulta
ser responsabilidad de nadie. Ejemplo de esto son tantas tierras forestales
declaradas comunales, que sin ser aptas para el cultivo, son explotadas
ineficientemente por estos campesinos. La solución no está en concederles otras
tierras, sino en reformar la vida de estas personas, otorgándoles la educación
necesaria, para que no vean la tierra como su única salida de la pobreza, sino
a su intelecto como la posibilidad de superarse.
Valerse de la Biblia para hacer
sentir culpables a los terratenientes, como única alternativa al carecer de
argumento válidos, es otra de las tantas injusticias que se denotan en esta
carta. Se les obliga a renunciar a todo para no arder en el infierno. Se
utiliza al cristianismo como la razón que exige el desprendimiento material. Me
pregunto, ¿Qué pasaría si, hipotéticamente, en Guatemala, todos los dueños de
la tierra privada fueran budistas, musulmanes, o peor aún ateos?, ¿Acaso los
rabinos o el Dalai Lama tomarían la misma actitud que ha tomado la Iglesia
Católica? ¿Qué harían entonces estos obispos para justificar su tan cristiana
obligación de repartir las tierras?...
Si la iglesia no se pudiera valer de
la amenaza del pecado, como lo hizo durante la inquisición, nadie ni siquiera
analizaría la idea de este “Clamor por la Tierra”. Al menos no por la vía del
cristianismo, porque claro, siempre existe la ideología socialista, comprobada
por la historia como utópica, como otra alternativa para justificar con puras
falacias, temas similares al que en este escrito se discute.
En el apartado 1721, "¡Ay los que juntáis casa con casa y
campo a campo anexionáis hasta ocupar todo el sitio y quedaros solos en medio
del País! Así ha jurado a mis oídos el Señor de los ejércitos: "Han de
quedar desiertas muchas casas grandes y hermosas, pero sin moradores" (Is
5, 8-9). "¡Ay de aquellos que meditan iniquidad. Codician campos y los
roban, casas y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo
y a su heredad. He aquí que yo medito contra esta ralea una hora de infortunio
de la que no podréis sustraer vuestro cuello!" (Mi 2, 1-2., al tratar
de condenar a los “acaparadores” que reúnen casas sin moradores, el párrafo
siguiente también condena a los “usurpadores, ladrones y violadores” de casas
ajenas. Títulos que no por casualidad han adquirido muchos indígenas
guatemaltecos al apropiarse, ilegalmente, en varias ocasiones de algunas
fincas. Por supuesto, esta última parte del pasaje bíblico, citado en la carta,
es omitido de cualquier análisis que hayan podido formular los obispos.
El Nuevo Testamento habla sobre la
desgracia que sufren aquellos que no pagan los salarios justos; pero no se
refiere en nada al tema de otorgar tierras o de soportar la invasión de las
mismas.
Aunque uno de los argumentos
utilizados en este documento se refiere a la tierra como “único medio de trabajo y como un don
que Dios le otorga a todos por igual”[1];
puedo rebatir este tipo de comentario con el ejemplo de la Santa Familia donde
el mismo José no vivía de la tierra, sino que era carpintero. Desde ese
entonces, la gente podía desarrollarse sin necesidad de adueñarse de algún
territorio. Si se trata de justificar la repartición de tierras con argumentos
eminentemente religiosos que nada tienen que ver con la vida material del
hombre, sino más bien espiritual, del mismo modo puedo encontrar argumentos en
la Sagrada escritura que reflejen la injusticia de estos. El mismo Jesús se negó a ser juez de
herencias[2],
proclamando que los bienes terrenos no aseguran la existencia de nadie. Tenía
toda la razón. A mi punto de vista, repito que es la actitud de las personas la
que se encargará de asegurar uno u otro tipo de existencia. Es totalmente falso
afirmar en estos tiempos modernos, que sea la tierra el único vehículo que
tienen estos indígenas para adquirir riqueza. Ni siquiera saben explotarla
eficientemente.
No existe el concepto de justicia
social. Los únicos capaces de actuar son los individuos. Por lo tanto son éstos
los únicos a los que se puede responsabilizar por los efectos de estas
acciones. No se puede culpar a la sociedad entera por la desdicha de algunos.
Esto es lo mismo que no culpar a nadie, porque no se les están adjudicando
responsabilidades a los individuos.
Los mitos del bien común en el clamor por la tierra
Si la comunidad de bienes es una
forma de existencia aún más adecuada, a nuestra naturaleza, que la propiedad
privada; y esto lo sabía la iglesia desde los tiempos de San Ambrosio y San
Juan Crisóstomo, ¿Por qué entonces la iglesia permitió que los conquistadores
españoles acabaran con la forma colectiva y comunitaria, (que no conocía la
propiedad privada) en la que vivían los indígenas? en vez de que los habitantes
del viejo mundo adoptaran esta forma de vida colectiva por ser una forma de
vivir más cristiana y correspondiente a la naturaleza del hombre en una forma
más adecuada, y desecharan la propiedad privada?
Por una simple y sencilla razón:
Tanto San Juan Crisóstomo como San Ambrosio estaban totalmente equivocados. El
sistema de la propiedad privada es el único sistema conocido que mejor se
adapta a la naturaleza del hombre. Y si desde entonces la institución católica
defendió este sistema, es totalmente contradictorio que ahora traten de
revindicar una postura errónea que ni en ese tiempo, ni actualmente, le compete
a la esfera espiritual.
El ver a la repartición de tierra
como la única posibilidad de superación que tiene nuestra gente, es condenarlos
a verlos como gente incapaz de salir adelante por sus meras capacidades
educativas y productivas. Estrategia utilizada por los países desarrollados. Es
cierto que el valor de la tierra en estos países desarrollados es mayor; pero
su obtención está mejor distribuida en esos países que en el nuestro, porque
son estas capacidades intelectuales, educativas y productivas las que elevan el
poder adquisitivo de las personas. Cabe aclarar que ninguna motivación
cristiana es la que ha impulsado esta forma de vida en aquellos países, en
cuanto a las condiciones de la propiedad privada ser refiere.
Es cierto que el valor de la tierra
en estos países es mayor; pero su obtención está mejor distribuida por el mismo
desarrollo de las capacidades intelectuales, educativas y productivas, que en
Guatemala no existen. Son estas, las que elevan el poder adquisitivo de las
personas en las sociedades que progresan. Las amplias clases medias en los
países desarrollados, tienen la oportunidad de explotar estas capacidades,
distribuyendo mejor los recursos, ya que todos tienen la oportunidad de obtenerlos,
aumentando la demanda, por lo que su precio es más elevado.
Basándome en la Teoría de la
Relatividad en los Factores de Producción, llego a la conclusión que, en un
lugar donde la mano de obra es barata, los bienes de capital tienen un valor
superior. A diferencia de los países donde la mano de obra es cara (Porque la
mayoría de personas esta lo suficientemente instruida para realizar trabajos de
mejor paga), los bienes de capital resultan mas accesibles.
El problema no está en lo que posea
una persona, sino en la capacidad de poder hacer productiva su posesión con el
fin de no perderla.
Es un error ver a la tierra como el
medio para alcanzar la riqueza, cuando en realidad la posesión de la misma es
el resultado de haber utilizado la productividad en el trabajo gracias a las
capacidades intelectuales, como medio de superación.
La verdadera riqueza se encuentra en
la educación y en las herramientas que una persona pueda obtener, para después
poseer bienes (como la tierra) que reflejen esta riqueza.
Los bajos salarios de la mano de
obra en nuestros países, no son resultado del desprecio y avaricia de los
propietarios inhumanos y explotadores, sino de la poca educación de la mayoría
para obtener mejores empleos. Así se acumula la oferta de trabajo con gente que
no está capacitada para realizar algo más.
En los países industrializados la
mano de obra es cara, no porque los demandantes allá sean benévolos, sino
porque la gente está mejor preparada. No necesitan rebajarse a esa clase de
labor. Así, la oferta disminuye para los trabajos peor pagados, y si se quiere
conseguir alguien que lo realice, sube el sueldo.
Es injusto entonces culpar al dueño
del capital por esos sueldos tan “miserables” e “injustos”; no es culpa de los
empresarios ni contratadotes, es la aplicación de la innegable ley de la oferta
y demanda.
La problemática social como resultado de este clamor
En cuanto al argumento que en esta
carta se refiere a los conflictos armados, en respuesta del “silenciado clamor
por la tierra”, considero que estos problemas han tenido raíces mucho más
profundas que van más allá del reclamo por un territorio. Sin la intervención
estatal, que tantos rechazos y dificultades ha traído, este conflicto armado no
hubiera sido tan severo.
Existe un vacío legal en nuestro
país que es el causante de leyes específicas otorgadoras de privilegios e
impositoras de coerción. Pero crear leyes para la protección del campesino, en
vez de minorizar este vacío legal, lo incrementa. No debe seguirse pensando en
leyes proteccionistas, sino, en la creación de leyes para la efectiva
protección de la propiedad privada, que como consecuencia, darían un respeto
mayor a la libertad y los derechos de los individuos, permitiendo, que sin
importar quién sea el dueño, ni cuanto es lo que posee, la justicia se
impartiría al proteger por igual la propiedad de cualquiera.
En cuanto a la solidaridad, como un
comportamiento justo, que según esta carta, muchos cristianos no están
aplicando, la solidaridad viene solamente después que los derechos del
individuo son respetados. No puede existir solidaridad en un ambiente donde no
existan reglas claras que me permitan confiar en el prójimo, y mucho menos
puedo ser solidario con el, si primero no está efectivamente establecido el
respeto a mi propiedad. Porque no puedo compartir con el necesitado algo que en
principio, ni siquiera está en claro si es mío.
No puede concebirse un ambiente
donde no hay normas claras, consensuadas y generales, que permitan la igualdad
ante la ley de todos. Porque si en un principio, esto no existe, no puede
entonces hablarse de justicia, ya que los individuos se encuentran
privilegiados, por un lado y coercionados por el otro, pudiendo beneficiarse de
su vecino, ocasionándole externalidades negativas, porque está consentido por
la ley.
Entiendo que la confianza en la
espontaneidad del individuo nos lleva a entender que por medio del
individualismo, la persona puede responder libremente a sus propios intereses,
para después, estar en la facultad de beneficiar los intereses de alguien más,
muchas veces, de forma inconciente.
Este grupo de obispos hablan de Dios
y de la igualdad que todos gozamos ante él. Poniéndolo como un parámetro de
justicia, que debería ser aplicado en la relación social, para justificar la
invasión de la propiedad por parte de estos campesinos. Sin embargo, siendo
cristianos, somos iguales ante Dios en lo que concierne a los derechos y
dignidad de cada uno, mereciendo la glorificación de Dios. Pero, si hasta para
alcanzar la salvación, Dios ha introducido reglas claras y generales que no
cambian en cada momento, ¿Que validez puede contener este tipo de argumento?;
sin mencionar, además que en ningún lugar de la Sagrada Escritura se habla de
la igualdad ante Dios de los humanos en relación a la propiedad equitativa que
cada uno tenga. Se habla de ser solidarios y caritativos, y ya vimos que esto
es imposible sin propiedad privada.
Es un punto para reflexionar, cuando
el documento trata el tema del consumismo extremo; refiriéndose a las clases
altas de nuestra sociedad, como grupos egoístas y soberbios, por derrochar todo
lo que poseen en bienes superfluos, en vez de solidarizarse con sus hermanos;
cuando en realidad está demostrado que es el que más tiene el que menos gasta,
porque tiene la capacidad de consumir lo necesario, para después ahorrar lo que
le sobra. Sin mencionar que la persona honrada que ha luchado por lo que tiene,
sabe muy bien donde gastarlo. Es la persona con un bajo salario la que tiende a
consumir desmesuradamente, ya que poseen un salario menor. Es injusto tachar de
consumistas extremos a personas que en realidad, con la contribución de capital
que le aportan al país, son capaces de otorgarle, inconcientemente, mejores
condiciones de vida.
Esta es lógica económica, que muchas
veces por ignorancia racional, no llegamos a entender. Y cuando cualquier
grupo, como en este caso, los dirigentes de la Iglesia católica en Guatemala,
con un argumento que supuestamente valida las “injusticias” sufridas por los
campesinos y rurales, por parte de los capitalistas explotadores, dueños de
fincas y terrenos, hasta a nosotros nos dan ganas de luchar en armas en nombre
de la justicia, que debe ser aplicada, a través de medidas socialistas,
desgastadas y utópicas, para lograr acallar ese “clamor por la tierra”.
Esa ignorancia racional, es la misma
que ha permitido que cada vez el Estado aplique leyes más específicas que nos
dañen con su intervención. Es esa ignorancia racional la que muchas veces nos
impulsa a defender actitudes, que en realidad atentan contra el derecho de
otros de poder estar seguros de lo que es suyo. Entonces llegamos al mismo
punto de partida: No se trata de la cantidad de recursos, es la actitud de las
personas la que debe cambiar. Guatemala necesita educación, para poder parar,
como dice Karen Cancinos, con ese ciclo de injusticias que siempre esta
reclamando esta “Industria de la Victimización”, que hasta el apoyo de la
Iglesia católica, ha logrado obtener.
Desde el siglo XVIII, importantes
teóricos y economistas, ya habían descubierto que el desarrollo integral
económico, que conlleva al desarrollo social y humano, nada tiene que ver con
los recursos que se posean en un país; sino que este desarrollo, depende de la
capacidad del país, para manejar de forma eficiente sus factores de producción.
Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX, este documento continúa
sosteniendo un argumento totalmente erróneo, para justificar la repartición de
tierras como único mecanismo para alcanzar ese desarrollo integral.
Al referirse a un sector, indígena y
campesino, tratado como de segunda clase, estos obispos piensan que la sociedad
debe recapacitar para unirse y ser solidarios. Piensan que las oportunidades de
todos, serán igualadas al fin, que la injusticia terminará, si tan solo se
realiza este otorgamiento de tierras y privilegios. Cuando en realidad, en las
ocasiones en que se han llevado a cabo los otorgamientos forzados, o las
invasiones a las fincas, como sucedió durante el periodo de Jacobo Árbenz; han
sido los periodos que han provocado una división más severa de nuestra
sociedad, destacada por el resentimiento y el desprecio que se desata entre las
clases.
El gigante dormido, es el término
que utilizan para referirse a al sector oprimido. En realidad, entre los mismos
indígenas existen tantas divisiones, que es improbable que formen una fuerza
unificada.
En cuanto a la justicia, la carta
entonces habla acerca de una reforma social para poder elaborar una sociedad
más equitativa. Se basan en lo que propone la Carta “Mater et Magistra” que
dice, entre cosas lo siguiente: "Hay
que poner en práctica medidas reales, eficaces, a nivel local, nacional e
internacional, en la amplia línea marcada por la Encíclica MATER ET
MAGISTRA".
Que propone entre cosas, “legislar en vista de una distribución
equitativa de la tierra, principiando con las vastas propiedades estatales y
las propiedades insuficientemente cultivadas, a favor de quienes sean capaces
de hacerlas valer; facilitar el otorgamiento de títulos supletorios en terrenos
que los campesinos han estado cultivando durante años; asegurar legalmente la
defensa de los campesinos y de los refugiados contra la expoliación de sus
tierras, defender a los campesinos contra la especulación en el arrendamiento
de tierras para cultivar; Garantizar que los campesinos reciban un precio justo
y equitativo, protegiéndolos de los intermediarios voraces y sin escrúpulos;
Dar una adecuada educación agrícola al mayor número posible de campesinos para
que mejoren sus métodos de cultivo y sean capaces de diversificar la
agricultura; conceder las mayores facilidades posibles de créditos bancarios y
adquisición de semillas, insumos, fertilizantes y aperos de labranza;
Incrementar el salario de los campesinos, concorde con la dignidad humana y con
sus responsabilidades familiares; Disminuir los impuestos indirectos en la
compra de productos para el trabajo agrícola; Crear impuestos directos para los
latifundios proporcionalmente a la extensión de la tierra; Organizar algún tipo
de medidas de protección a los campesinos contra malas cosechas y accidentes de
trabajo; Estimular y proteger las organizaciones campesinas en defensa de sus
derechos y de incremento para su producción agrícola.”[3]
Vemos que consiste en puras utopías,
sin procedimientos claros. Justificándose con el pretexto, que el aspecto
técnico para poner en marcha estas políticas, no les compete. La comprobación,
es la base para validar una teoría. Al no proporcionarla, vemos la carencia en
el argumento de esta carta.
La primera falla, la encuentro en el
tratar de buscar igualdad, pero al mismo tiempo imponer medidas
proteccionistas, para los artículos que utilicen estos campesinos, para sus
salarios y para cualquier otro factor que les altere. Si tanta es la urgencia
por adquirir tierras, sería mejor que el Estado vendiera todo el territorio
depreciado y mal cuidado que tiene a su nombre, y se lo devolviera a la gente a
través del libre mercado. En cuanto a los salarios y el tratar de establecer
conforme a la dignidad de la persona, no hay injusticia más grande que esa. El
trabajo como cualquier otro bien, responde a las leyes de la oferta y la
demanda. Cuando se habla de otorgarle títulos supletorios a los campesinos,
habría que ver que es lo que se entendería por esto en la realidad, al igual que
a qué se refiere cuando hablan en esta carta de “sus tierras”. Los precios
artificiales y los susidios solo llevarían a una mayor inflación y crisis.
Cuando hablan de educar al indígena, tampoco proponen quién lo va a hacer y
dónde. Por último, en cuanto a los créditos bancarios, estos también se
lograrían a partir de más inflación. No se puede forzar a nadie a ser
productivo, pero sí irresponsable, protegido, privilegiado y poco competitivo.
Es el lucro el causante de la productividad, y capacidad de ahorro de los que
atesoran la riqueza, que, por cierto, es el único camino existente para
eliminar la pobreza.
Entonces, por remediar una supuesta
injusticia, se cometería un sinnúmero de otras, que ocasionarían verdaderas
externalidades negativas, difíciles de controlar, y que no definitiva, no
solucionarían el problema de la falta de riqueza de los campesinos.
Dentro de esta misma propuesta de
cambios, la carta toma en cuenta los siguientes aspectos:
Violencia: No se puede acudir a
ella, porque su ausencia garantiza el progreso de una sociedad, pero no porque
no vaya con el cristianismo.
Marco Legal: Reclamar el
establecimiento de una legislación que tenga como meta el bien común, es una
utopía que no va a resolver problemas reales. Nadie puede saber cual es el
mejor beneficio para los demás, si a veces ni sabemos cual es el bienestar para
nosotros mismos.
Por último, este documento concluye
citando parábolas de la Biblia que pueden contradecirse empleando otras
parábolas. No me parecen argumentos suficientes como para que estos clérigos
justifiquen la incumbencia de la Iglesia en estos asuntos, con ellas.
En todo el documento no puede
percibir ninguna proyección positiva, ni siquiera para los mismos indígenas.
La respuesta digna, valiente y
cristiana a la que pude llegar, es que:
Cada quien es dueño de su destino
porque para eso, Dios nos dio el libre albedrío. Siendo el individuo, el único
ente al que puede responsabilizarse por sus actos, cada uno en su conciencia,
sabrá cómo lleva sus cuentas con Dios (si es que cree en uno), porque sólo a él
tendría que rendírselas.
Ayudar al prójimo o ser egoísta es
problema de cada quien. Podrá ser pecado explotar a nuestro subordinado. Pero
robar, usurpar y disponer de una propiedad, que no es mía, también lo es. Si ni
Dios nos obliga a actuar de una u otra forma, ¿Qué justicia puede haber cuando
la Iglesia nos impone con temor a someter nuestras libres decisiones a su
voluntad? El que posee el deber de decidir como debe actuar una persona, es esa
misma persona.
No nos dejemos engañar por escritos
románticos, culposos e inspiradores de lástima, que no tienen ninguna validez
lógica.
Espero, que así como una vez la
iglesia condenó la inquisición y después eliminó la teología de la liberación;
así algún día recapacite y se de cuenta que fue un error haber defendido como
un acto de justicia este llamado “Clamor por la Tierra”, y aprenda, esta
institución universal, a arraigarse y limitarse a cumplir su verdadera función.
*Gloria Alvarez es estudiante del
Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad
Francisco Marroquín.
[2] http://64.226.129.223/Id_site/CEG/ceg073.htm Pág. 8 apartado 1725
[3] http://64.226.129.223/Id_site/CEG/ceg073.htm apartados 1757 hasta 1771