CAPITULO II
LA COMUNIDAD COMO HORIZONTE DEL PENSAMIENTO POLÍTICO
LATINO
Notas introductorias
Viene del
número de Primavera
Julio
César De León Barbero
En general se reconoce que el pensamiento político de
los griegos fue un total fracaso en lo que toca a influenciar su momento
histórico o propiciar transformaciones en el mediano plazo en la realidad
socio-política en que les tocó vivir. La razón de semejante fallo encuentra su
raíz en el horizonte limitado que animó aquellas reflexiones. Al respecto, dice
Sabine:
La filosofía política de Platón y Aristóteles no ejerció influencia
inmediata -y ello es singular- en el terreno político ni en el teórico. En
realidad, a juzgar por el papel que desempeñó en los dos siglos siguientes a la
muerte de Aristóteles, sólo podría ser calificada de magnífico fracaso. La
razón de ello es que entre ambos filósofos habían expuesto de modo más completo
y perfecto que podía esperar hacerlo
ninguno de sus sucesores inmediatos los ideales y principios del tipo de
institución política de que se habían ocupado, la ciudad-estado.[1]
El camino que recorrieron, pues, no les deparaba un
viaje demasiado largo. Su discurso esencialmente se agotaba en la ciudad-estado
y con la ciudad-estado en buena parte sucumbió. No significa esto que no tengamos
necesidad de retornar al pensamiento político de estos gigantes de la
filosofía. Algo de sus planteamientos continúa teniendo vigencia: El
reconocimiento del carácter teórico-racional del ámbito socio-político
(Platón); el gobierno en apego a la ley y el ejercicio del poder gracias a un
consenso ciudadano (Aristóteles), para mencionar un par de cuestiones, no dejan
de ser asuntos sobre los que tengamos que insistir en los tiempos actuales.
Pero, en general, puede afirmarse que estaban convencidos de que sus ideales
sólo podían encontrar eco en la ciudad-estado. De modo que las propuestas que,
de ambos pensadores griegos, puedan mantener validez y actualidad, llegan a ser
relevantes a pesar del horizonte reducido y de familiaridad en el cual surgieron.
Wolin está también de acuerdo con este análisis del
pensamiento griego; enfáticamente dice:
El hecho de que la reacción de los dos más grandes pensadores griegos
fuera moralista, evidenciaba la cualidad hondamente introspectiva del
pensamiento político griego, su tendencia a volver hacia adentro todos los
problemas políticos.[2]
Parece que en la tarea intelectual de Platón y
Aristóteles mantuvo una jerarquía de primera línea la conciencia del espacio
político. Un espacio político nacido de un mundo político en el que pequeñas
ciudades, sumidas en luchas intestinas, movidas por problemas económicos
serios, chocaban constantemente entre ellas mismas. Por ello, psicológicamente
hablando, mientras urdían ideales políticos, se mostraron incapaces de ver más
allá de los ribetes de la polis. Esto proporciona una vía más para
comprender por qué su teoría política manifiesta ambigüedades y énfasis
encontrados, resultando incongruente por momentos.
Y no es que no hubiera retos. Los había. Hacia el
siglo VI a. C., pueden encontrarse esfuerzos por construir ligas, alianzas y
federaciones entre las ciudades-estado griegas. Quería recomponerse así el
espacio político. Aparecieron en consecuencia, y en su momento, la
"isopolítica" y la "simpolítica" por las cuales el ciudadano
de una ciudad lo era a la vez de las otras ciudades o lo era de la federación
de las ciudades afines.[3] Pero
ni Platón ni Aristóteles hacen referencia a tales esfuerzos por trascender los
límites de la polis. De hecho las "relaciones internacionales"
constituyen una cuestión a la que, en general, no le adjudicaron mayor
trascendencia. La razón debe encontrarse en el carácter no filosófico de la
cuestión. Para dejarlo claro, lo "internacional" nada tenía que ver
con el núcleo de la filosofía política que en esos momentos consistía en
averiguar la naturaleza y características de la vida que los hombres podían
llegar a tener políticamente organizados.
Es decir, toda la actividad política se vio reducida a
la paidea, vale decir, a la formación y educación moral de los
ciudadanos y al rechazo de todo espacio político mayor y superior al de la
ciudad-estado por considerarlo un ámbito poco propicio para efectuar la paidea.
Tocó a los pensadores latinos, cuya vida transcurrió
en un espacio político mucho más amplio y complejo, iniciar una reflexión
filosófico-política a partir de un mundo político distinto. En ese entorno
político la pequeña ciudad-estado fue literalmente barrida, y absorbida toda la
cultura mediterránea, por el Imperio Romano. Al decir de Wolin:
La megalópolis había desplazado a la polis; y en
esta nueva dimensión espacial resultaba anacrónica la antigua concepción de la
asociación política, tal como la mantenida mediante una amistad entre
familiares. El concepto de comunidad política había sido arrollado por el mero
número y diversidad de los participantes.[4]
En efecto,
partiendo de la conquista que los macedonios llevaron a cabo en el siglo
IV a. C., pasando por el imperio de Alejandro, y las monarquías celéucidas,
ptolomeidas y antigónidas, hasta el Imperio Romano, se hizo necesario repensar
lo político con nuevos esquemas, conceptos y significados. Ya sólo el
territorio (mucho más amplio que el de la polis griega) y el número de
habitantes, representaron desafíos a la creatividad y a la imaginación de los
teóricos. Sin mencionar la heterogeneidad de los pueblos, de las religiones, de
las culturas que ahora imperialmente tenían que albergarse y convivir bajo una
sola autoridad. [5]
Para mencionar algo en concreto únicamente tenemos que
pensar en que el concepto de la ciudadanía que los griegos habían manejado ya
no servía prácticamente para nada puesto que la lealtad y la identificación
personal no podían ser suficientes para cohesionar la rica variedad de pueblos
que el imperio había absorbido.
En el imperio se encontró que proveyéndole carácter
sacrosanto y de culto a la obediencia debida a la autoridad (personificada en
el emperador) se podía lograr lealtad y unidad en medio de una enorme
diversidad. No hay que olvidar el papel que jugó la moneda para hacer sentir
hasta en los más remotos confines imperiales la presencia del emperador y el
respectivo reclamo de reverencia que le asistía.
Al estar el centro del poder tan alejado del círculo
de la vida personal de los súbditos era necesario emplear medios diferentes a
aquellos utilizados por los griegos. Y en efecto así fue. Símbolos, métodos de control político, normas
y regulaciones fueron creados imaginativamente por los romanos. Tenía que ser
así puesto que se trataba de la convivencia de múltiples y distintos pueblos,
convivencia que requería de esquemas más generales, más abstractos, más
impersonales. Los paradigmas propios de la pequeña familia griega convertida en
ciudad se habían roto, igual que los lazos fraternales de la intimidad que
comprometen y atan. Podría decirse que en los ciento cincuenta años anteriores
a la era cristiana se puso en crisis, gracias a la experiencia imperial, el
horizonte de la tribu como punto de partida y de llegada del pensamiento
político. Pero, ¿realmente fue puesto en crisis?
I. Cicerón
Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.) ha sido una figura
muy discutida en tanto que filósofo pues mientras en algunos momentos fue
considerado como parte importante de los filósofos antiguos, en otros vino a
disminuirse su perfil cayendo en la categoría de un pensador sin ideas
originales.
Quizás la importancia de la filosofía de Cicerón esté
precisamente en haber difundido un pensamiento que no era originalmente suyo y
que adquirió, en su medio y en su mundo, un peso digno de consideración.[6]
Efectivamente Cicerón se formó bajo el magisterio de
una diversidad de filósofos griegos entre los cuales cabe mencionar a Fedro, a
Diodoto, a Filón y a Zenón, entre otros. Con esta experiencia formativa tan
variada que incluyó epicureismo, estoicismo, dogmatismo y escepticismo, tanto
como platonismo y aristotelismo, Cicerón fue en gran manera responsable de la
formación del vocabulario filosófico latino. Cosa de la que, además, parece
haber estado muy consciente. Su pensamiento, claramente ecléctico, va de una a
otra influencia entre todas aquellas con las que tomó contacto.
Pero en cuanto a lo que aquí nos interesa, sus ideas
políticas, se reconoce la impronta en ellas de las nociones que sobre el
derecho, la moral, el estado y la vida en sociedad habían desarrollado los
estoicos. Ideas que afectaron profundamente el pensamiento de los hombres en el
siglo anterior al surgimiento del cristianismo. Debe agregarse que tenemos en
Cicerón a un teórico de lo político que no se quedó en el ámbito de la reflexión
profesional, en abstracto. Desde los 29 años se vio involucrado en el gobierno
de la república desempeñándose como cuestor, pretor y cónsul. Lo cual, a los
ojos de Dionisio Domínguez, como que no constituye motivo de elogio:
...no fue filósofo de profesión y sólo dio a la filosofía el tiempo que
le dejaban libre el foro y la política.[7]
Devaluado o no por su dedicación a la vida política,
como teórico de la filosofía política Cicerón ocupó un sitio de importancia en
las ideas y prácticas propias del imperio romano poniéndose en el camino de
trascender su mismo momento histórico. En efecto, siglos más tarde renombrados
autores reconocieron la deuda intelectual que habían adquirido con Cicerón y le
rindieron el reconocimiento que merecía, esto en el contexto del Renacimiento
Italiano. [8]
1. El pensamiento
de Cicerón
Al iniciarse el siglo I antes de la era cristiana las
ciudades-estado habían desaparecido y no existían estados propiamente dichos;
Roma ya se perfilaba como la cabeza política del mundo civilizado; y en el
mundo de las ideas, la filosofía estoica había popularizado ampliamente la
creencia en una justicia natural, es decir, en la existencia de ciertas normas
y conductas "propias" del hombre y que todos debían observar al ser
ellas justas intrínsecamente y dignas de todo respeto.
En lo referente a lo político se marcaron dos líneas
identificadas plenamente por los teóricos: Una, la del estoicismo que ya
mencionamos, de gran influencia en la jurisprudencia romana, sobre todo al
introducir la idea del derecho natural en la filosofía del derecho latina.
Otra, la del pensamiento religioso que llegó a ver el derecho y el estado (en
general, la vida en sociedad) como integrados en un plan divino providencial.
Esta última corriente cultivada especialmente por Séneca.
Parece haber sido Cicerón, a la luz de lo anterior, el
único que intentó esbozar una teoría propiamente política aunque profundamente
comprometida con el pensamiento estoico. Sus dos obras: República y Las
leyes, datan de mediados de siglo y reflejan en alto grado la influencia
estoica. De hecho podría ser que el mayor aporte de Cicerón a las reflexiones
sobre lo político haya sido el desarrollar y formular más sistemáticamente la
doctrina estoica del derecho natural tal como este se entendió desde sus días
hasta el siglo XIX de nuestra era en Europa.
1.1. La necesidad de unidad en un espacio ampliado
Uno de los problemas planteados a la teoría política
del siglo anterior a la era cristiana provenía de un espacio (físico y
político) que sobrepasaba en mucho al espacio conocido por quienes habían
elaborado su discurso dentro de la estrechez de las ciudades-estado. Esta
novedosa condición se complicaba en la medida en que los hombres habían dejado
de ser "animales políticos" para considerarse a sí mismos más como
individuos.
Apertura y ensanchamiento del espacio geográfico;
individualidad urgida de mantenerse en relación con otros en el "mundo
habitado" conocido de entonces. He ahí la matriz que dio vida al nuevo
desafío que la teoría política tenía que encarar: Justificar y propiciar la
vida en común de infinidad de sujetos, a cuales más diversos, bajo un gobierno
lejano e impersonal, como jamás se hubiera imaginado nadie confinado en las
ciudades-estado de otrora.[9]
En otros términos, mientras se mantenía y sostenía una
antropología en la que cada hombre, como ejemplar único de la especie, tenía
derecho a una vida personal, privada, era necesario crear alguna conciencia de
unidad, de cohesión social y de pertenencia.
Es aquí, de acuerdo a la propuesta central de este
trabajo, que se introdujo la tribalidad, el comunitarismo, y esta vez en
dimensiones tan vastas que llegó a plantearse como una gran fraternidad
universal. Fraternidad que según un historiador de la teoría política medieval,
tuvo su origen
...el día -uno de los momentos críticos de la historia- en que, en un
banquete celebrado en Opis, Alejandro hizo votos por una unión de corazones (homonoia) y una comunidad política conjunta de macedonios y
persas.[10]
Quizás haya sido así. Lo que no debe desestimarse es
que los estoicos ya habían esparcido la semilla de que los hombres se hallan
fraternizados por una justicia suficientemente amplia como para que se
considerasen atados y mutuamente comprometidos sin distingos. Agregaron a lo
anterior la igualdad de todos los hombres gracias al postulado de una
naturaleza común que se halla por encima de las diferencias culturales, locales
y personales.
Estas ideas constituyeron las raíces del pensamiento
político de Cicerón y de la parte medular del mismo: su filosofía del derecho.
No es de extrañar que para este pensador el apuntalamiento de una ciudadanía
universal, en la que todos los hombres son como hermanos de una familia
universal, haya ocupado privilegiado sitio. Esclavos, extranjeros e incluso bárbaros,
podían y debían convivir armónicamente merced a innegables supuestos que dan
pie a la concordia o a aquella unión de los corazones por la que (quizás copa
en mano) Alejandro suspiraba.
2. El recurso a la naturaleza
Para proporcionar justificación y fundamento a la
nueva fraternidad universal Cicerón, siguiendo la dirección del andar estoico,
recurrió a la naturaleza. Lo natural sustituyó a la sangre y al parentesco,
dada la diversidad de fisonomías culturales, raciales e idiomáticas que ahora
debían entrar en el círculo de la hermandad.
Del fondo de la naturaleza surgen para Cicerón la ley
y la justicia (por eso se trata de la ley natural y del derecho natural). De lo
profundo de la naturaleza emerge, asi mismo, la igualdad de todos los seres
humanos (por lo mismo se habla aquí de una idéntica y única naturaleza humana).
Escribió Cicerón:
Existe, pues, una verdadera ley, la recta razón congruente con la
naturaleza, que se extiende a todos los hombres y es constante y eterna; sus
mandatos llaman al deber y sus prohibiciones apartan del mal. Y no ordena ni
prohíbe en vano a los hombres buenos ni influye en los malos. No es lícito
tratar de modificar esta ley, ni permisible abrogarla parcialmente, y es
imposible anularla por entero... No es una en Roma y otra en Atenas, una ahora
y otra después, sino una ley única, eterna e inmutable, que obliga a todos los
hombres y para todos los tiempos; y existe un maestro y gobernante común de
todos, Dios, que es el autor, intérprete y juez de esa ley y que impone su cumplimiento.
Quien no la obedezca huye de sí mismo y de su naturaleza de hombre... [11]
Esta ley eterna, que el Creador ha puesto en todos los
hombres, en todos los ámbitos, hace iguales a los mortales. Se trata de una
igualdad psíquica, manifestada en la racionalidad y en las convicciones
respecto a lo correcto e incorrecto, lo justo y lo injusto. Las diferencias
podrán tocar lo externo, lo circunstancial, y son meros accidentes. En lo
esencial los hombres son iguales. Una infinidad de iguales gobernados por una
ley igual. Esa es la base de la común ciudadanía.
En Las leyes, Cicerón dejó constancia de su
sólida convicción en que:
De todo aquello sobre lo que versan las discusiones de los filósofos,
nada tiene más valor que la plena inteligencia de que nacemos para la justicia
y de que el derecho no se basa en la opinión, sino en la naturaleza. Ello es
evidente si considera la sociedad y unión de los hombre entre sí. Pues nada es
tan igual, tan semejante a otra cosa como cada uno de nosotros a los demás.[12]
Sólida presunción, sí, pero presunción al fin. La
igualdad ciceroniana es un auténtico ideal moral, una exigencia, más que una
realidad. No cabe duda que Cicerón ve a cada hombre como parte de la gran
fraternidad universal y por ello exige se le reconozca dignidad y se le tenga respeto. Sólo así y a partir de
aquí es que es posible garantizar la cohesión social y la perdurabilidad del
estado. De nuevo podemos reconocer en el pensamiento político de Cicerón la idea de lo moral como pivote central del
discurso filosófico-político, con los mismos visos en que tal idea configuró la
teoría política de Platón y de Aristóteles.
Como res pública, el estado es una auténtica
comunidad en la que los lazos morales proveen unidad. De otro modo no podría
ser cosa del pueblo ya que el pueblo no se halla simplemente "reunido",
como cualquier conglomerado o agregado. El pueblo está reunido por la fuerza de
la ley natural o del derecho natural; por la naturaleza común que poseen y
comparten, de ahí que el estado propicia todas las ventajas de la ayuda que
mutuamente puedan prestarse los ciudadanos y a la vez recibe de éstos la
facultad para velar por su conservación y permanencia.
Para Cicerón resulta crucial fundamentar el orden
social en la naturaleza, dado que los parámetros griegos ya no sirven a tal
propósito. Ni la sangre, ni la ciudadanía entendida a lo griego, son útiles ya.
Cicerón vuelve su mirada al orden natural del que es
parte la creación entera. En la naturaleza todas las partes contribuyen a
mantener una armonía que no puede ser alterada sin conmocionar el todo. La
sociedad es vista como parte integrante de ese concierto universal. Cicerón ha
cambiado y sustituido la polis por el orden de la naturaleza. Recrea el
orden social desde el punto de crisis en el que se hundió al desaparecer la
ciudad-estado a la imagen y semejanza del más vasto orden de la naturaleza. En
apego a las ideas dominantes del momento la naturaleza ya no es meramente
física, es ahora el ámbito del valor y un modelo a seguir si se quiere vivir en
un orden social superior. Como lo expresó Séneca:
Cuando un hombre aprende a comprender el gobierno del universo, y
advierte que no hay nada tan grande, soberano e inclusivo como este orden de
cosas en que se unen el hombre y Dios (...) ¿qué le impide llamarse ciudadano
del universo e hijo de Dios? [13]
Esta fusión de lo natural y lo social predominó en
general en los latinos[14] hasta
llegar a una fusión en la que ya no se distinguía lo propiamente social de lo
eminentemente natural. Marco Aurelio llegó a decir:
Si nuestra parte intelectual es
común, también la razón, a cuyo respecto somos seres racionales, es
común; en tal caso, común también es la razón que nos indica qué hacer y qué no
hacer; si es así, también hay una ley común; en tal caso, somos conciudadanos;
si es así, el mundo es, de algún modo, un Estado. En efecto; ¿de qué otra
comunidad política común se podrá decir que la integra toda la raza humana?
(...) De esta comunidad política proviene también nuestra misma facultad
intelectual y nuestra facultad de razonar y nuestra capacidad para la ley; si
no, ¿de dónde vienen?[15]
En la actualidad, cuando las ideas de la igualdad, de
la racionalidad y la dignidad humanas se han tornado lugares comunes (a menudo
exageradamente comunes) cuando no meros caballitos de batalla de ciertos
movimientos y determinados discursos, ser crítico de los puntos de vista de los
romanos podría ser visto como arrogancia y mezquindad. No importa. Tenemos que
preguntarnos si la mezcla naturaleza-sociedad, orden universal natural y orden
societario, tienen alguna base de sustentación, alguna lógica, algún sentido.
Quizás la equivocación mayor en que cayó el argumento
de fundar la vida social en la naturaleza sea la confusión, sumamente
discutible, de dos planos totalmente distintos: el plano de la naturaleza y el
plano de lo socio-político. Es decir, el plano de lo inanimado, de los animales
y las plantas, y el plano de lo humano.[16] Lo
cual conduce a la conclusión de que quizás Cicerón no haya entendido nunca en
qué consiste propiamente un orden político-social. Pudo haber entendido, eso
sí, cuales eran las graves deficiencias del orden social de su momento y hasta
es posible que comprendiera la urgencia de superar aquellas debilidades. Pero
no logró capturar la índole particular del orden social mismo.
El efecto de todo lo anterior fue que se interpretó la
naturaleza en forma política y lo político en forma naturalística. Se juzgó la
naturaleza con parámetros sociales para luego urgir a los hombres a integrarse
a la sociedad como si de tomar su sitio en el universo físico se tratara.
La ciudadanía universal, la ley natural, la justicia,
la igualdad de los seres humanos, fueron entendidos como parte del orden físico
natural. Los hombres primeramente tenían que ser fieles a la naturaleza para
poder ser así dignos ciudadanos. No sólo se politizó la naturaleza sino que lo
político desapareció completamente en una concepción indiferenciada del
universo. De manera que, a la luz de lo anterior, tenemos que preguntar si no
hubo en Cicerón, por lo menos, un retroceso a formas de pensamiento anteriores
a los sofistas, concretamente un retorno a los presocráticos quienes para nada
distinguieron lo socio-político de los elementos naturales. O lo que es peor,
tenemos que expresar la sospecha de que se llegó a politizar la naturaleza
mientras se desnaturalizaba lo político.
Ahora bien, a pesar de las críticas señaladas arriba,
hay que reconocer que la tradición latina -y en particular el pensamiento de
Cicerón- han heredado a Occidente brillantes, importantes y muy actuales ideas
e instituciones que reciben el encomio de liberales y no liberales. Nos
referimos, por ejemplo, a la noción del derecho como resultado del uso y la
costumbre; al respeto a la idiosincrasia de individuos y pueblos que comparten
un común destino aglutinados bajo un mismo estado; al poder público como
garante de la diversidad cultural velando por la paz y la seguridad ciudadanas;
a la idea de que las mejores instituciones son aquellas que proceden de la
experiencia de muchos -a lo largo de años- en comparación a aquellas que son
concebidas por supuestos genios.[17]
La Roma republicana -por medio de Cicerón- nos heredó,
asi mismo, la importancia del resguardo y garantía de la libertad en un marco
de leyes generales e iguales para todos. Uno de los más grandes teóricos
liberales del siglo XX lo ha reconocido con especial tono laudatorio:
El principio inspirador de las leyes de la Roma libre nos ha sido
transmitido principalmente por las obras de historiadores y oradores del
período, quienes una vez llegaron a ejercer influencia durante el Renacimiento
latino en el siglo XVII. Tito Livio -cuyo traductor hizo que la gente se
familiarizase con el término
"isonomía", término que el mismo Tito Livio no usó y que proporcionó
a Harrington la distinción entre gobierno de leyes y gobierno de hombres-,
Tácito y, sobre todo, Cicerón convirtióse en la principal autoridad y a él
debemos muchas de las formulaciones más efectivas de la libertad bajo la ley. A
él pertenece el concepto de reglas generales, de las leges
legum que gobiernan la legislación; el de la obediencia a las leyes si
queremos ser libres y el de que el juez haya de ser tan sólo la boca a través
de la cual habla la ley. En ningún otro autor se ve más claramente que, durante
el período clásico del derecho romano, comprendióse sin lugar a dudas la
inexistencia de conflictos entre la ley y la libertad y la dependencia de esta
última de ciertos atributos de la primera; de la generalidad y certeza de la
ley. Cicerón, paladinamente, opone restricciones al poder discrecional de la
autoridad.[18]
Lo afirmado arriba es históricamente cierto,
lógicamente aceptable y sociopolíticamente correcto. Y desde la visión liberal
de la vida societaria digno de ser apreciado como un aporte importante en la
vetusta lucha a favor de la libertad. No obstante es imposible ocultar (y ser
indiferentes a) la abultada tribalidad que subyace al teorizar político de
Cicerón. Una tribalidad, una hermandad, producto de nuestro lugar en un
universo natural del que es parte integrante la sociedad cuyo ordenamiento no
es más que manifestación indiferenciada del orden cósmico. Un orden que, por
otra parte, viene impreso, junto a otras características, en la
"naturaleza" humana que universalmente compartimos.
Conclusiones
Una vez desaparecida la ciudad-estado, la experiencia
imperial produjo una serie de consecuencias en el pensamiento político, entre
las que podemos mencionar:
1. Un ámbito físico y político de amplitudes
desconocidas planteó nuevos retos y diferentes desafíos teóricos y prácticos.
2. La familiaridad de la ciudad-estado fue
irremediablemente barrida como fundamento de la ciudadanía y de la cohesión
social.
3. Comenzó a manifestarse la urgencia de una propuesta
distinta que proveyera base a la convivencia de pueblos a cuales más diversos
bajo un gobierno impersonal y lejano.
4. Las ideas desarrolladas por los estoicos proveyeron
la orientación fundamental que se necesitaba para encontrar la solución
impostergable que se ameritaba a la unidad de la sociedad.
5. Cicerón sirvió de catalizador intelectual al
desarrollar las propuestas estoicas y colocar privilegiadamente la idea del
derecho natural y la humana naturaleza en el desarrollo de su teoría política.
6. La naturaleza vino a convertirse en el fundamento
que se necesitaba para hermanar a los hombres por encima de sus diferencias.
Llegó a creerse que la apelación a la naturaleza haría firmes los lazos de
unión entre los hombres que, por otro lado, participaban de una naturaleza
humana común.
7. Puede reconocerse que en la tradición latina y en
el pensamiento ciceroniano hay elementos dignos de reconocimiento, que han
contribuido a configurar nuestra existencia en sociedad.
8. A pesar de los elementos dignos de aprecio, no
puede esconderse la tribalidad y el comunitarismo que abiertamente promueve el
pensamiento político, sobre todo al proponer como factor de cohesión social una
filosofía del derecho naturalista y una antropología con idéntica fisonomía.
Continúa en el número de Otoño.
[1]Sabine, George, Op. cit., p. 100.
[2]Wolin, Sheldon S., Op. cit., p.
82.
[3]Más
tarde el pan-helenismo también fue intentado y fracasó por no poder erradicar
el constreñimiento de los valores políticos al ámbito de la polis. De
hecho las propuestas de algunos pensadores como Isócrates y Demóstenes no
hallaron eco: Estos querían agrupar a las ciudades griegas en una asociación
para hacerle frente a los bárbaros persas, pero no pudieron obtener para dicha
federación la lealtad que sólo podía tenerse hacia la propia polis. En la mente
de sus contemporáneos lo político se hallaba limitado a la participación en una
existencia de comunes y cuasi familiares intereses.
[4]Wolin, Sheldon S., Op. cit., p.
87.
[5]Se
reconoce que ya los cínicos y los estoicos habían dado muestras de descontento
con los parámetros de la ciudad-estado, sobre todo a raíz de la conquista
macedónica. Su énfasis en la relación del hombre consigo mismo, en la felicidad
como algo puramente personal, en los intereses propios y la capacidad de
bastarse a sí mismo, revelan un particular individualismo contrastante con el
comunitarismo propio de Platón y Aristóteles.
[6]"El
pensamiento político de Cicerón, dice Sabine, no es importante
por su originalidad; como él mismo francamente reconoce, sus libros eran
compilaciones. Tenían, sin embargo, un mérito que no es, en modo alguno,
despreciable; todo el mundo los leía." -Sabine, George, Op. cit.,
p. 127.
[7]Domínguez,
Dionisio, S. J., Historia de la filosofía, Sal Terrae, Santander, 1936,
(3a. ed.), p. 74.
[8]Autores
del trecento y del quattrocento descubrieron en Cicerón una serie
de ideales políticos que consideraron valiosos, entre ellos podemos mencionar a
Bartolo de Sassoferrato, Marsilio de Padua, Remigio, y a humanistas de la talla
de Petrarca y Bartolomeo Della Fonte.
[9]Esto
puede explicar la importancia que fueron cobrando la religión y las
instituciones religiosas en el Imperio, hasta el aparecimiento del cristianismo
y de la iglesia cristiana.
1
Carlyle,
R. W. y A. J. Carlyle, A History of Medieval Political Theory in the West,
London, 1903, vol. I., p. 2.
2
[11]Cicerón, República, III, 22.
[12]Cicerón, Las leyes, I, 10, 28-29.
[13]Ribert,
Lorenzo (trad.) Obras completas, 1943, (2a. Ed., 1957), Epístolas
morales, XCV, 52.
[14]Hay
que reconocer que tales convicciones configuraron todo el pensamiento jurídico
romano como se ve en el Digesto o Pandectas, que hizo publicar
Justiniano en el 533 de nuestra era, y que constituía una recopilación de los
escritos de los grandes jurisconsultos romanos.
[15]Epicteto,
Discursos, I, ix, (trad. De P. E. Matheson)
[16]Hasta
un experto en la doctrina del derecho natural como Javier Hervada, está
dispuesto a reconocer semejante confusión cuando abordando el sentido de la
palabra natural en los antiguos dice: “...la naturaleza se entiende como cosmos,
equivaliendo “natural” a “cósmico”. El derecho natural sería aquella parte del
orden cósmico que regula la sociedad humana. No hay en esta concepción
diferencia clara entre la Naturaleza y Dios, siendo detectables los resabios
panteístas; en consecuencia, es frecuente que se dé a la naturaleza un sentido
causal, como fuerza originante y generadora del orden a que están sometidos
todos los seres. Por corresponder a estadios de pensamiento ya superados, no es
este el sentido que puede servirnos.” Hervada, Javier, Historia de la ciencia
del derecho natural, Ediciones Universidad de Navarra, S. A., Pamplona,
1996 (3a. Ed.), p. 28. Aunque Hervada está interesado en criticar la confusión
naturaleza y Dios, que a nosotros no nos interesa aquí, si termina por aceptar
que aquella original manera de entender el origen de un fenómeno social como el
derecho es cosa de concepciones del mundo ya superadas. Por supuesto Hervada no
se da cuenta que lo mismo ocurre con el concepto natural aplicado a una
supuesta naturaleza humana, que él prefiere emplear a lo largo de su
obra. Pero no es este el lugar para entrar a esta crítica.
[17]Bruno
Leoni registra, al respecto, unas palabras que Cicerón asentara en su De
republica: "...el motivo por el que nuestro sistema político fue
superior a los de todos los demás países era éste: los sistemas políticos de
los demás países habían sido creados introduciendo leyes e instituciones según
el parecer personal de individuos particulares, tal como Minos en Creta y
Licurgo en Esparta, mientras en Atenas, donde el sistema político se había
cambiado varias veces, hubo muchas de estas personas, por ejemplo Teseo,
Dracón, Solón, Clístines y varios otros... En cambio, nuestro estado no se debe
a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No ha sido fundado durante
la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y
generaciones. Porque, decía, no ha habido en el mundo un hombre tan inteligente
como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros
en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en cuenta todo
al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la
práctica en el transcurso de un largo período de la historia." -La
libertad y la ley, Unión Editorial, Madrid, 1995 (Segunda Ed. ampliada),
pp. 107-108.
[18]Hayek,
Friedrich A., Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, S. A.,
Madrid, 1975 (4a. ed.), p. p. 225-226.