CAPITULO III
LA
COMUNIDAD ECLESIAL COMO HORIZONTE DEL PENSAMIENTO POLÍTICO MEDIEVAL
Viene
del número de Verano de 2005
Julio
César De León Barbero*
Notas
introductorias
Constituye un
lugar tan común afirmar que el cristianismo primitivo se mantuvo totalmente
alejado de las cuestiones sociales y políticas que hay que efectuar un esfuerzo
de considerables proporciones, primero, para poner tal aserto en duda y,
segundo, para aceptar que, andando el tiempo, el cristianismo llegó a
relacionarse estrechamente con la política. Este esfuerzo es el que queremos
realizar aquí.
En efecto, se
hace una tarea en pro de argumentar que el cristianismo primitivo hizo ver como
realizable lo que la filosofía griega y la latina no habían podido lograr:
encarnar un modelo de convivencia, de participación y de compromiso, mismo que
había constituido el sueño y el fracaso, a la vez, de la teoría política. Este
modelo, aunque vivido y promovido hacia lo interno del intragrupo, terminó
influyendo en la esfera de lo político hasta convertirse en el ideal dominante
tanto en la reflexión como en la práctica política durante el medioevo.
Es cierto que el
cristianismo primitivo había proclamado a los cuatro vientos no sólo su
despreocupación por lo temporal sino su total desprecio y condena de todo
sistema socio-político. Las palabras de su fundador en los momentos cruciales
del juicio que lo llevó a la muerte habían sido:
Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de
este mundo, mis seguidores pelearían para que yo no fuera entregado a los
judíos; pero mi reino no es de aquí.[1]
En consonancia
con esta declaración postrera, durante su magisterio activo había enseñado a
sus seguidores a desprenderse de todo amor e interés por las cosas terrenales y
a poner más bien toda su confianza en el reino venidero, dada su condición de
extraños y ajenos al mundo presente:
...porque no son
del mundo como tampoco yo soy del mundo ... [2]
El fundador del
cristianismo había puesto en el corazón de sus seguidores la convicción de que
este mundo estaba destinado a la destrucción inminente. Que el fin estaba cerca
y en la consumación de todas las cosas les tocaría a ellos participar de un
reino distinto a todos los reinos y gobiernos que han desfilado por la historia
mundana.
De cierto os
digo, que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca. (...) Cuando
el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él,
entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas
las naciones; (...) Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a
mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos
juzgando a las doce tribus de Israel. [3]
En un ambiente en
el que la política se hallaba mezclada con la religión, el cristianismo
primitivo fue impermeable manteniendo una clara separación entre lo que era del
César y lo que era de Dios. Los romanos habían hecho de la obediencia al
emperador un culto y en el ámbito judío no faltaban quienes estaban convencidos
del carácter eminentemente político del esperado Mesías. Pero el cristianismo
primitivo mantuvo una perspectiva completamente divergente de las cosas. En
palabras del teólogo suizo, y célebre profesor de Tubinga, Hans Küng:
Jesús no se preocupaba del statu
quo político-religioso. Sus pensamientos se centraban en un futuro mejor, en
el futuro mejor del mundo y del hombre. Esperaba en breve un cambio radical de
la situación... Jesús vivía en distinto mundo que los jerarcas y políticos,
fascinados por las proporciones universales del poder romano y la cultura
helenista... El, como muchos hombres religiosos de su tiempo, creía en un
reinado universal de Dios, que iba a llegar en un futuro inmediato y llevar al
mundo a su consumación final y definitiva... se sentía, pues, impulsado por una intensa expectación del
fin: este sistema no es definitivo, esta historia llega a su fin. Y justo
ahora. Este es el momento. Esta misma generación asistirá al cambio de eones y
a la revelación definitiva (en griego apokalypsis) de Dios.[4]
Luego de la
desaparición física del fundador del cristianismo, aquellos a quienes había
confiado la tarea de continuar su labor y quienes asentaron las bases de la
iglesia, continuaron el énfasis en la inmediata superación del sistema mundano
de cosas urgiendo a los creyentes a vivir en conformidad con dicha espectativa.
San Pablo estaba convencido de que en el término de su propia vida él mismo
podría ser testigo de los últimos acontecimientos:
Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de
arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo
resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado,
seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en
el aire, y así estaremos siempre con el Señor.[5]
Y Pedro, después
de asegurar a sus lectores que la aparente tardanza del fin se debe a que mil
años son para el Señor como un día y un
día como mil años, les garantiza que pronto el universo entero tal como lo
conocemos será sometido a una completa transformación:
...pero los cielos y la tierra que existen ahora,
están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del
juicio y de la perdición de los hombres impíos...Pero el día del Señor vendrá
como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y
los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay
serán quemadas.[6]
Hay un poco de
tardanza, pero el elemento sorpresa se encuentra claramente presente: será como
ladrón en la noche, repentinamente, de golpe y sin previo aviso. Puede en
cualquier momento suceder. Por ello Juan en el Apocalipsis declara que:
...el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo
hago nuevas todas las cosas. (...) Y las naciones que hubieren sido salvadas
andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a
ella. (...) ¡He aquí yo vengo pronto![7]
Asi pues, como lo
asentamos líneas arriba, el cristianismo primitivo se mantuvo alejado de la
mundanalidad vulgar; condenó todo lo secular como producto del pecado y la
desobediencia; señaló a sus seguidores un destino elevado y transmundano; y
estuvo imbuido de una particular urgencia ante lo inminente del fin de los
tiempos y del mundo. No hubo, en consecuencia, lugar para lo político-social.
Nada de eso.
En parte esta
actitud se vio fortalecida por la tesis de que la muerte de Jesús de Nazareth
había ocurrido en un contexto decididamente político, y ejecutada en nombre del
poder político temporal. Las acusaciones que se levantaron en contra de él habían
sido en buena medida de carácter político:
...llevaron a Jesús ante Pilato. Y comenzaron a
acusarle, diciendo; A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que
prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.[8]
Herodes Antipas,
tetrarca de Galilea, aparentemente había expresado algún deseo de barrer con la
presencia de Jesús[9];
finalmente, fue Poncio Pilato quien como procurador romano de Judea le condenó
a muerte en prevención de alguna sedición popular. Küng afirma sencillamente
que:
El proceso político y el ajusticiamiento de Jesús como
delincuente político por parte de la autoridad romana no fue de ninguna manera
un malentendido o un destino absurdo, debido exclusivamente a una artimaña
política o a una burda falsificación de las autoridades romanas. Dadas las
circunstancias políticas, religiosas y sociales de entonces, había razón más
que suficiente para acusar políticamente a Jesús y condenarlo. Dichas
circunstancias no consentían una simple separación de religión y
política. No había política sin religión
ni religión sin política. Quien causaba desórdenes en el ámbito
religioso, también los causaba en el político. De ahí que Jesús constituyese,
tanto para la autoridad religiosa como para la política, una grave amenaza contra
la seguridad social.[10]
Por lo anterior,
dentro de la agrupación de los primeros cristianos, todo apuntaba hacia una
huída del sistema imperante de cosas y su correspondiente condena. Pero los
primeros cristianos mantuvieron tal comportamiento y discurso por un tiempo no
muy prolongado. En la medida en que la iglesia se institucionalizó en esa misma
medida se politizó: Su lenguaje, su jerarquía, su sistema normativo,[11] los
procesos implementados para resolver cuestiones, su gobierno, en fin, todo, en
la configuración de la iglesia se tornó político[12] y en
esas circunstancias afectó ineludiblemente las concepciones de la vida política
secular.
Habiendo
condenado al mundo y a los poderes temporales, no pudo mantenerse mucho tiempo
sin imitar lo que al principio había despreciado. Habiendo promovido la huida
del mundo decadente, terminó por efectuar contribuciones importantes (para bien
o para mal) al orden político cuya decadencia e inmediato hundimiento había tan
insistentemente proclamado.
I. La
comunión en un solo cuerpo
Quizás no hubo
contribución más determinante que la iglesia haya efectuado al pensamiento
político y que haya durado tanto, como la de una unidad entre los hombres
basada en la hermandad.
De hecho, como lo
asentamos más arriba, tanto el mundo griego como el romano habían fracasado en
la búsqueda de la unidad tan anhelada y fue aquí precisamente que la
cristiandad primitiva se mostró tan efectiva y triunfal.[13]
Tanto su fundador
como aquellos que continuaron su misión enfatizaron el carácter filial de las
nuevas relaciones entre los hombres salvados.
Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros,
como yo os he amado. (...) para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y
yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú
me enviaste... para que sean perfectos en unidad.[14]
Tales habían sido
las recomendaciones finales y los ruegos de Jesús en favor de sus seguidores. Y
la unidad en la hermandad se vio estimulada cuando sobrevinieron sobre los
primeros cristianos la persecución y el ostracismo. Rechazados tanto por judíos
como por gentiles, tuvieron que depender absolutamente de las relaciones
establecidas entre los pares. El punto más elevado de dicha experiencia llegó
cuando comenzaron a vender sus posesiones trayendo los dineros ante los
apóstoles quienes se encargaron de administrar dichos recursos a fin de
mantener a cada cual; experiencia que duró mientras hubo dinero disponible.[15]
La conducta
basada en el compromiso con los otros llegó a considerarse como fundamental en
el carácter del converso y todo comportamiento contrario fue considerado un
grave pecado contra Dios. Por ello a Ananías y Safira, quienes vendieron una
propiedad y no entregaron la totalidad de lo recibido, les sobrevino la muerte
como una maldición: habían defraudado de lo que era una posesión común[16], era
como robarle al prójimo. No estaban ellos en consonancia con el espíritu de la
comunidad, pues
...la multitud de los que habían creído era de un
corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino
que tenían todas las cosas en común.[17]
En cualquier
caso, y aún cuando esta experiencia haya estado limitada a la pequeña comunidad
cristiana de Jerusalén, ilustra hasta dónde estaban dispuestos a llegar en la
encarnación del ideal de unidad por el que tanto había rogado en vida el
fundador de la iglesia.
San Pablo
desarrolló la idea del cuerpo místico en lo que toca a la perfecta unidad
orgánica de los cristianos, en la que cada uno tiene una función específica y
es, a la vez, asistido y enriquecido por los demás.
Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos
miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros,
siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los
otros.[18] ...para que no haya desavenencia en
el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De
manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un
miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois,
el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.[19]
Un solo y único
cuerpo, en el que no existe sitio para las diferencias, los privilegios o la
discriminación:
Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no
hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.[20]
Este había sido
el ideal soñado por los filósofos en el pasado, pero sus discursos ni por asomo
se acercaron a la visión acariciada. Y en los siglos venideros la idea del cuerpo,
místico o político, adquirió un prestigio particular en la teoría política
hasta el punto de que alguien tan distante como Juan Jacobo Rousseau hizo del
concepto de cuerpo un pivote fundamental de la comunidad política como
él la entendió, tal como veremos en el próximo capítulo.
II.
Momentos del pensar político medieval
Haremos
referencia a algunos momentos propios de la teoría política cultivada durante
esta época tan cercana en tiempo e intereses al cristianismo. Lejos está de
este trabajo pretender una visita general a todo ese tiempo y a la riqueza de
su pensamiento. Mencionaremos, atendiendo a la propuesta fundamental de este
trabajo, únicamente a San Agustín y luego a Santo Tomás.
1. San
Agustín
En San Agustín
volvemos a presenciar el desarrollo de una teoría social elaborada desde la
perspectiva moral, como lo hicieron Platón, Aristóteles y Cicerón en su día.
Básicamente lo que de la teoría social agustiniana interesa aquí puede
encontrarse en su célebre obra De Civitate Dei (La ciudad de Dios),
que junto a otras obras de importancia fue elaborada entre 412 y 426.
La visión
agustiniana de la sociedad no puede entenderse si no se comprende esa
dialéctica entre el bien y el mal que tanto le preocupó, aún antes de tornarse
un converso cristiano. El mal no ha de ser entendido como positivo, es decir
como algo que es parte de la creación divina; es más bien producto de la
voluntad creada, de la voluntad humana, en tanto y en cuanto alejada del Bien.
El bien, por su parte, es propio de Dios y producto de la divina voluntad. De
este modo el principio del bien es al amor hacia Dios y la sumisión a su ley; y
el mal, un alejamiento de Dios y una insubordinación a su santa ley. Los
hombres sólo pueden clasificarse como amantes de Dios o como amantes de sí
mismos. No caben términos medios.
La historia
humana, de igual forma, es la historia de dos ciudades, la de Dios y la de los
hombres. Es el terreno en el cual se manifiesta una lucha irremediable entre lo
bueno y lo malo, entre lo moralmente aceptable y lo inmoral, entre el amor a
Dios y el egoísmo humano; en fin, entre Jerusalén la celestial y Babilonia la
terrenal.
Esta particular
forma de proceder condujo a San Agustín a afirmar que la ciudad celeste es la
iglesia cristiana (por supuesto, la católica romana) mientras que el Estado,
sobre todo el Estado pagano, es la encarnación de Babilonia. Aunque se reconoce
que ambos principios utilizados por Agustín no poseen una identificación plena
con ninguna organización concreta, sino que poseen más bien un sentido
espiritual y moral,[21] el
dualismo es claro como claro es también cuál de los dos principios es para él
el más importante.
La ciudad de
Dios. He ahí el modelo al cual debe ajustarse la sociedad de los hombres en
todos sus aspectos. En este sentido Agustín cedió completamente a la tentación,
común tanto ayer como ahora para los hombres de iglesia: la de llegar a
absorber en el orden eclesial el orden social. Para Wolin: resulta claro que:
Al despreciar la misión, eficacia y jerarquía moral
del orden político, el cristianismo se veía ante la tentación de reemplazarlo
por la sociedad de la Iglesia, convirtiéndola en una forma política idealizada
capaz de satisfacer las potencialidades que se negaban a las sociedades
temporales.[22]
Y eso exactamente
es lo que hizo San Agustín. Primero desprestigió hasta el rechazo el orden
terrenal para luego sustituirlo con un supuesto orden político
"superior", el de la iglesia.
Por ejemplo,
Agustín estaba convencido de que el poder público ejercido por los gobernantes
es esencialmente artificial y hasta cierto punto inútil. Dios había querido que
los hombres ejercieran control sobre la naturaleza en general, pero no sobre
otros hombres, así esta autoridad resulta artificial; pero es, a la vez, inútil
puesto que, condenado como está el hombre a morir en cualquier momento sólo
importa que no se le obligue a la impiedad o el pecado, nada más; los problemas
relacionados con el tipo de gobierno bajo el cual viven los mortales carecen de
trascendencia.
Por otro lado,
mientras la sociedad temporal alterna gobernantes buenos y malos la civitas
dei sólo conoce el gobierno bondadoso de Cristo; mientras que en la terrena
se viven permanentemente conflictos debido a los bienes de los particulares y
sus privados intereses, en la ciudad celestial todos conviven ligados por un
único y genuinamente común bien.
De lo anterior se
desprende que la ciudad terrena sólo logra un ordenamiento relativo en medio de
una gran diversidad, pero la civitas dei manifiesta un perfecto
orden y una intachable armonía. Ésta es
la culminación de aquélla; ésta debe ser la única aspiración de la primera. Por
que en el entender agustiniano la civitas dei logra una auténtica
convivencia "social", es más genuinamente "social". La
ciudad de los hombres, por su parte, es simplemente "política" y por
ello demuestra una inferioridad "social" frente a la ciudad de Dios.
Esa categoría
agustiniana de lo "social", encarnación de la hermandad y la armonía,
de la solidaridad y la identificación mutuas, constituye una especie de
superación de lo meramente "político" como categoría identificada con
el conflicto y la coacción. Por tal razón entre más "social" sea un
conglomerado humano determinado, más alejado de lo "político" tendrá
que estar. Sus conflictos y diferencias se hallan destinados a disminuir en la
misma proporción en que se cristianiza. Según palabras que se encuentran en
De civitate dei:
...La paz del hogar es el acuerdo ordenado de quienes
habitan juntos, ya sea que manden o que obedezcan; la paz de la ciudad es el
acuerdo ordenado de sus ciudadanos, ya sea que manden o que obedezcan; la paz
de la ciudad celestial es la hermandad de disfrutar de Dios y disfrutarse unos
a otros en Dios, una hermandad íntimamente ligada por el orden y la armonía; la
paz de todas las cosas creadas es la tranquilidad conferida por el orden....[23]
Un orden
sustentado primordialmente por el amor, el amor divino hacia su creación, el
amor del hombre para con sus iguales: Ordo est amoris. De esta forma
cuando cada ser, cumpliendo la función que le es propia, se encuentra perfectamente
relacionado con los otras "partes" del sistema, entonces hay orden;
orden perfecto, orden total.
Está claro por
qué San Agustín se siente ajeno a lo "político". Vive en el ámbito
"político" pero no pertenece a él. Pertenece, antes que nada, a la
sociedad de los elegidos, y ello implica trascender toda barrera, toda
distinción, toda diferencia, todo egoísmo personal o sectario, para abrazar al
resto de "ciudadanos" en el puro amor de Dios.
Ningún Estado está más perfectamente establecido y
preservado que el que se fundamenta y se vincula a la fe y a la concordia
firme, cuando el bien más alto y verdadero, a saber, Dios, es amado por todos,
y los hombres se aman en Él los unos a los otros, sin fingimiento, puesto que
se aman unos a otros por razón de Él.[24]
Dadas estas
convicciones, Agustín afirmaba una y otra vez la absoluta superioridad de la
sociedad eclesial frente a la ciudad terrenal. Así, en De moribus ecclesiae,
afirma sin tapujos que la Iglesia es mejor que una sociedad (...) es una
fraternidad[25]. Y esa
fraternidad es lo que a ojos de Agustín hace falta en la sociedad temporal:
Sentirse parte de un cuerpo, unidos místicamente, ser como miembros plenamente
identificados unos con otros sirviéndose en el amor de Cristo, quien como
máximo ejemplo lo dio todo por los demás.[26]
Es aquí
precisamente el punto en el que el pensamiento político medieval se apartará
radicalmente del pensar clásico tanto griego como latino. Los clásicos griegos
y romanos habían considerado la vida social como necesitada de un fundamento
solidario, comunal, munícipe, para poder funcionar. Pero jamás se les ocurrió
que semejante comunitarismo tenía que entenderse como el funcionamiento de un
único cuerpo, espiritual y cuyo bien último se halla más allá de sí en una
divinidad trascendente.
Fueron los
pensadores cristianos los que, al ocuparse de las cosas de este mundo,
utilizaron el prisma de su fe y con ello dieron al discurso sobre lo político
los colores de una experiencia irracional. Todo ese colorido llegó a sus
extremos mayores, como lo veremos, con Santo Tomás de Aquino.
2.
Santo Tomás de Aquino
El siglo XIII fue
un siglo que acusó un desusado renacimiento intelectual, acicateado por el
conocimiento de las obras de Aristóteles, una vez superados los prejuicios
producidos por los idiomas (hebreo y árabe) en los que dichas obras se dieron a
conocer en la Europa cristiana.
Pronto lo que
había sido objeto de sospecha y rechazo se tornó piedra fundamental para el
sistema filosófico católico. A la cabeza de esta labor se ubicaron Alberto
Magno y Tomás de Aquino y aunque el sistema de pensamiento por ellos integrado
fue recibido críticamente por pensadores como Duns Scoto y Guillermo de Ocam,
aquella filosofía cuyo pivote central es un aristotelismo cristianizado terminó
ya no digamos imponiéndose sino perdurando más allá del momento.
Todos los
esfuerzos intelectuales de Santo Tomás se orientaron hacia la generación de un
amplio y sintético sistema universal, totalizador, del cual no quedase nada
excluido. Así, el universo fue entendido como una enorme jerarquía de seres,
como un entramado teleológico en el cual cada ser, sin importar su grandeza o
su pequeñez, cumple una función específica e imprescindible. El conocimiento
humano es también incluyente y uno. Las ciencias particulares, con su búsqueda
concreta, encuentran sentido y unidad en la filosofía y ésta, a su vez, las
encuentra en la teología. Esa culminación del saber humano no es para nada una
negación de la razón sino su perfecto complemento; no la niega, ni la destruye,
simplemente la perfecciona. La revelación asiste a la búsqueda humana de la
verdad pues esta es siempre precaria, limitada y falible.
El sistema
tomista es pues un círculo de absoluta perfección en todo aspecto; tanto
ontológica como epistemológicamente todo comienza con Dios y culmina en Dios.
Lo social y lo
político son parte nada más de las disposiciones divinas respecto al universo.
Aristotélicamente la sociedad es vista como una red de servicios mutuos en la
que se da y se recibe, como un sistema
de fines y propósitos en el que nada ni nadie está "de más". El
gobierno, la economía, la educación, la ley, etc., no son sino manifestaciones
de la providencia que el creador ha hecho en favor de los hombres. Se insiste
en que de manera particular y democrática se nos ha dotado a todos de
las mismas capacidades intelectuales (muy en consonancia con Cicerón) y de una
misma e idéntica naturaleza, que no sólo nos provee luz en el actuar sino que
nos iguala y hermana.
Y en medio de
todo esto aparece dominante la idea del bien común como la gran meta a promover
por el Estado. Bien común que trasciende los límites de lo terrenal volviéndose
pleno en el más allá. De esta cuenta no sólo es obligación del Estado velar por
el bienestar material, la salud y la alegría temporal de los ciudadanos, sino
proveer de aquellos medios que les permitan realizarse como seres espirituales,
como creyentes cristianos. Porque en un último análisis la comunidad es una
comunidad de espíritus. Idea que habiendo desbordado lo linderos de lo religioso
y eclesiástico, se extendió hasta cubrir los aspectos propios de la vida en
sociedad. Cosa que no podía ser de otra manera dado que en Tomás, lo mismo que
en Agustín, la iglesia es superior al estado y constituye el modelo a seguir.
Como lo ha declarado
Copleston:
El fin de la iglesia, un fin sobrenatural, es más
elevado que el del Estado, de modo que la Iglesia es una sociedad superior al
Estado, el cual debe subordinarse a la Iglesia en asuntos referentes a la vida
sobrenatural; pero eso no altera el hecho de que el Estado es una
"sociedad perfecta", autónoma dentro de su esfera propia. En términos
de la teología posterior, Santo Tomás debe ser reconocido, pues, como un defensor de la teoría del poder
indirecto de la Iglesia sobre el Estado.[27]
La dialéctica
tomista sobre las relaciones iglesia-estado, tiende a caer en ambigüedades y
contradicciones. Se quiere a veces hacer notar que se mantiene una separación
entre ambos pero lo cierto es que hay en sus obras abundante referencia en
torno a la sumisión del estado a la iglesia. Lo cual no es difícil de aceptar
una vez que entendemos que la naturaleza entera (de la cual es parte la
sociedad humana) es una jerarquía de fines, en la cual la dependencia, la
sumisión y las relaciones de superioridad-inferioridad son, de suyo,
inevitables; más aún, necesarias.
Por otra parte,
Tomás no dice que el hombre tiene dos fines, uno terrenal y otro celestial,
sino uno solo, el celestial. Ese fin último no puede lograrse recurriendo a las
fuerzas terrenas sino únicamente recurriendo a los medios eclesiásticos y de
fe. Es por ello que los reyes han de estar sometidos a los sacerdotes. No niega
la esfera propia de la autoridad terrenal, pero insiste en que al procurar el
gobernante la vida buena y virtuosa de sus súbditos orientándolos hacia la
eterna beatitud debe ordenar aquellas cosas que conducen a la beatitud
celestial y prohibir, en la medida de lo posible, las contrarias.[28] Quiere decir que ese único fin, sobrenatural,
eterno, para el cual fue hecho el hombre debe ser facilitado por el monarca en
la conducción de los asuntos terrenales y constituirse en el horizonte de la
acción política.
Ni duda cabe de
que el pensamiento tomista refleja hechos propios del momento histórico en que
dicho pensamiento se gestó. Hechos que, por otra parte, manifestaron una clara
tensión dialéctica: La conciencia de la autonomía del estado nacional, por un
lado, y la autoridad hegemónica de la Iglesia aún no puesta en entredicho, por
el otro. Pero Santo Tomás rompe la tensión histórico-factual de tales hechos al
insistir en que el reino de lo humano ha de estar supeditado al reino de lo
divino, el ámbito de lo temporal al eternal, el terrenal a lo celestial.
Los autores
papistas del medioevo salieron a cosechar los abundantes frutos que aquella
propuesta produjo. Fieles a la idea del cuerpo místico y de la unión
mística, representada sacramentalmente en la eucaristía, por una parte
hicieron causa común con el nacionalismo emergente y, por otra, elevaron la
autoridad del obispo de Roma a estratos nunca antes vistos.
Procedieron a
defender la superioridad de la Iglesia y de su cabeza gobernante sobre los
gobernantes terrenales alegando que como todo cuerpo la Iglesia requería de una
única cabeza, de un único líder, que condujera al todo eclesiástico a la acción
y al fin único que le era inherente. Sólo así se pudo convertir la autoridad
papal en un arma de doble filo: Por una parte se reclamaba como necesaria para
la unidad y cohesión de los creyentes pero, por la otra, se consideraba imprescindible
como principio y cabeza dirigente. Así se justificó tanto la necesidad de la
comunidad como la necesidad de la autoridad.
Esta visión de un
conglomerado que es a la vez comunidad unida por lazos místicos y estructura de
poder, fue defendida denodadamente por Tomás en su teoría de los sacramentos.
Lo primero, la comunidad unida místicamente, se tornó crucial en su comprensión
de la Eucaristía: La realidad del sacramento es la unidad del cuerpo
místico, sin la cual no puede haber salvación; porque no hay ingreso en la
salvación fuera de la Iglesia.[29] Lo
segundo, la estructura de poder, se tornó acompañante inseparable de la vida
comunitaria, gracias a la particular forma en que Santo Tomás entendió el
Sacramento del Orden. De esa manera quedaba plenamente justificada toda la
jerarquía eclesial, toda la santa burocracia de la institución iglesia eso sí,
sin desmerecimiento de su condición de hermandad comunitaria. Es más, esta
propuesta significaba para Tomás una garantía en contra del cisma, de la herejía,
de la insubordinación y la desobediencia. ¡La autoridad al servicio de la
comunidad!
De esa forma
Tomás politizó los asuntos relacionados con la iglesia, con la comunidad de la
fe; a su vez, y esto es lo más importante, no pudo evitar influir así, con esas
ideas, en el pensamiento político occidental.
De hecho puede
decirse que nada hay más "político" en todo el sistema filosófico
tomista que la idea de orden. Este concepto nuclear es la base y el fundamento
para la jerarquización de los ámbitos del ser en la visión comprehensiva del
universo. En opinión de Guillermo Fraile:
La estructura del sistema tomista está basada en un
profundo sentido de la pluralidad y variedad de los seres y, a la vez, de su
unidad dentro de una ordenación jerárquica conforme a sus grados de
perfección... El Santo se complace en numerosos lugares de sus obras en trazar
panoramas generales del orden de los seres en el Universo... De la conjugación
armónica de la pluralidad y la unidad, en que toda la multitud y diversidad de los
seres del Universo tienden a un mismo fin, resulta un orden maravilloso...[30]
Orden. Con todas
sus implicaciones: subordinación, autoridad, sujeción, obediencia, mando,
orientación a un fin, recomendación de medios y procedimientos, etc. En la más
pura línea paulina, Santo Tomás está convencido de que: No hay autoridad
sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.[31] En
esa dirección afirma Tomás en la Suma Teológica que: El orden denota
principalmente poder y que el poder denota exactamente potencialidad
activa, junto con algún tipo de preeminencia.[32]
Pero más
claramente denuncia el siguiente párrafo la politización del sistema filosófico
tomista gracias al concepto de orden (tomado directamente del mundo
político-social):
...Una jerarquía es un principado; es decir, una
multitud ordenada de una sola manera bajo el gobierno de un solo gobernante.
Ahora bien, dicha multitud no estaría ordenada, sino confusa, si en ella no
hubiera diferentes órdenes. De modo que la índole de una jerarquía exige
diversidad de órdenes... Pero aunque una sola ciudad abarca así varios órdenes,
todos pueden ser reducidos a tres, si tenemos en cuenta que cada multitud tiene
un principio, un medio y un fin. En cada ciudad, pues, se puede ver un triple
orden de hombres (...) De igual modo, en cada jerarquía angélica hallamos
órdenes que se distinguen según sus acciones y oficios, y toda esta diversidad
se reduce a tres: la cúspide, el medio y la base.[33]
Nótese que el
orden es una clase particular de gobierno que exige que haya alguien gracias a
quien se mantiene una regularidad en el funcionamiento del todo, lo cual hace
necesario pensar en leyes o mandatos como instrumentos del ordenador. En efecto es lo que dice Santo Tomás:
...La ley denota algún tipo de plan que orienta los
actos hacia un fin... observamos en todos los que gobiernan lo mismo: que el
plan de gobierno es derivado del gobernante principal por los gobernadores
secundarios. Así, el plan de lo que se debe hacer en un estado fluye desde la
orden del Rey hasta sus administradores inferiores... En consecuencia, dado que
la ley eterna es el plan de gobierno del Gobernante Principal, todos los planes
de gobierno de los gobernantes inferiores deben ser derivados de la ley eterna[34]
Con esta manera
de ver las cosas el pensamiento cristiano medieval se hizo sentir en el ámbito
político social de Europa. Por ello mismo los representantes de Dios sobre la
tierra, comenzando con el papa, eran los llamados a orientar y aconsejar. Eran
los únicos poseedores de la divina agenda estratégica y por ende los llamados a
señalar derroteros tanto como formas de llegar a ellos. La abundante literatura
de aquellos días evidencia hasta qué punto la mayoría de argumentos esgrimidos
tenían un cariz eminentemente político, a pesar de hablar en nombre de una
autoridad que se suponía era moral o espiritual.
La sociedad
humana, pues, en la medida en que más parecido tiene con la comunidad de los
elegidos, es decir la iglesia (fuera de la cual no hay salvación), ha de tender
a ser más comunitaria y su funcionamiento más cercano al orden jerárquico que a
la iglesia caracteriza. Por ello, en sus disquisiciones acerca de la economía
no es extraño que Santo Tomás defendiera incluso la total autarquía de los
estados y se declarara enemigo de lo que hoy llamamos comercio internacional o
libre intercambio internacional.
Ahora bien, es
necesario reconocer a estas alturas que algunos aspectos del pensamiento
político tomista han llegado a ser apreciados por algunos pensadores liberales,
particularmente de aquellos que siguen la corriente del derecho natural. Su
rechazo a la tiranía, por ejemplo, su énfasis en el gobierno atado a la ley, y
su aceptación a la resistencia pacífica, son cuestiones dignas de mencionar en
ese sentido.
Pero, en
conformidad con la propuesta central de este trabajo, es imposible dejar de
reconocer que la idea tomista de acercar la vida societaria a la vida propia de
la comunidad de la fe y, especialmente, su manera de entender el orden,
convierten sus ideas en un auténtico esfuerzo en pro de la vida comunitaria, en
la que el compromiso personal entre los individuos es esencial (y hasta
"natural"). Por ello no dejan de existir ambigüedades y
contradicciones, en cuanto a estos asuntos, en el pensamiento tomista. Quiere
salvar la autoridad sin la cual no hay orden (como él lo entiende) y quiere
salvar al individuo; enfatiza que la autoridad pública se amarre al derecho,
pero defiende que la ley es una ordenación de la razón para el bien común,
hecha y promulgada por quien tiene el cuidado de la comunidad.[35]
Copleston reconoce estas ambivalencias y afirma, incluso, que:
Una ambigüedad semejante se manifiesta en la doctrina
tomista de la relación del individuo al Estado. En la Summa Theologica, santo
Tomás observa que, puesto que la parte se ordena al todo como lo que es
imperfecto a lo perfecto, y puesto que el individuo es una parte de la
sociedad perfecta, es necesario que la
ley tenga su mira en la felicidad común. Es verdad que santo Tomás trata
simplemente de poner de manifiesto que la ley se interesa primordialmente por
el bien común, y no por el bien del individuo, pero habla como si el ciudadano
individual estuviese subordinado al todo del que forma parte. El mismo
principio de que la parte existe para el todo, es aplicado en otros varios
lugares por santo Tomás a la relación del individuo a la comunidad.[36]
No hay duda,
creo, al respecto. La búsqueda de la comunidad conduce a subordinar al
individuo y sus fines personales al todo; permite eliminar la prosecución de la
felicidad personal sometiéndola a la felicidad del colectivo, aunque se
justifique (con argumentos siempre falaces) que la del colectivo es igual que
la personal. Por ello no es de extrañar que doctrinas políticas vigentes
continúen defendiendo la idea de un "bien común" frente al bien
individual y promoviendo la superioridad de lo "social" frente a lo
personal o privado. Al respecto recuérdese el pensamiento socialdemócrata, el
democratacristiano y el llamado socialismo democrático, doctrinas para las que
el control del estado en ciertos sectores (especialmente el económico) de la
sociedad es una urgencia, blandiendo siempre el argumento de que los intereses
privados y personales jamás pueden estar en consonancia con los intereses
"generales" o "sociales". Competencia donde sea posible,
planificación donde sea necesaria, ha sido la consigna del Partido
Socialdemócrata alemán, desde el establecimiento de su "Programa de
Godesberg", en 1959.
Para algunos el
bien común se encuentra ligado a cuestiones productivas, para otros, ligado al
consumo, y hay los que lo entienden como "justicia social" o
"desarrollo humano". Tan es así que hay quien se lamenta de que en
algunos documentos el "bien común" sea manejado como un formalismo
sin contenido concreto:
Está claro que el bien común es la razón de ser de la
sociedad política, según los textos católicos, pero subsisten la generalidad y
la imprecisión respecto de lo que ha de entenderse por bien común, en momentos
en que la tendencia prevaleciente de la ciencia política es señalar
concretamente los fines del Estado, en
cuya determinación desempeñan un papel muy importante las ideologías políticas,
que son las que señalan las prioridades de acción pública.[37]
Esa herencia
tomista del "bien común" permanece entre nosotros hoy como un monumento
difícil de esconder erigido a la memoria de un teórico de la política para el
cual la búsqueda de la comunidad, de la vida tribal, íntima y personal,
constituyó el ideal de vida en sociedad.
Tenemos, pues,
que habiendo surgido el cristianismo con una actitud de crítico rechazo hacia
lo mundano, social y político, no pudo evitar
ser influenciado y moldeado por los parámetros de la política y
convertirse, a la vez, como sistema de vida, en el modelo propuesto por los
teóricos cristianos que se ocuparon finalmente de las cuestiones relacionadas
con el poder terrenal.
Conclusiones.
1. El
cristianismo comenzó por llamar a sus adherentes a vivir de espaldas a lo
político-social en virtud de su pronta destrucción y sustitución por un
"nuevo" sistema de cosas.
2. Con el paso
del tiempo y en la medida en que el simple "movimiento" cristiano se
transformó en auténtica institución, se hizo inevitable que entrara en un
proceso de franca politización lo que se manifestó en la adopción de la
terminología, las funciones, jerarquías, gobierno, mando y leyes
características del mundo de lo político. Lo que una vez se rechazó se
convirtió en parte de la vida orgánica de la iglesia.
3. El proceso de
politización sufrido por la iglesia hizo necesario conciliar la experiencia de
una comunidad basada en el amor filial con una estructura fundada en el
gobierno y la autoridad ejercidos centralmente.
4. San Agustín,
en particular, desarrolló la idea de que la sociedad ha de parecerse lo más
posible a la iglesia en la cual los hombres son hermanos y se aglutinan al
rededor de una autoridad que, aunque a veces es dura e inclemente, no deja de
procurar sino su bien, su eterno bien.
5. Cuerpo
místico y unión mística, constituyen una dupleta conceptual de
enorme influencia e impacto al derivar en la concepción de la sociedad como un cuerpo
político o un cuerpo social.
6. El énfasis
agustiniano en lo "social" entendido como convivencia armónica,
solidaridad y mutua identificación, y a su vez en el orden producto del amor,
terminó concluyendo en que la ciudad terrena no conoce la armonía ni la
coordinación al ser dominada por el egoísmo y los intereses personales.
7. Uno de los
énfasis propios de Santo Tomás es la idea del bien común entendido como
un bien distinto y superior a la suma de los bienes individuales; así, no sólo
mantuvo la idea del conflicto entre individuo y conglomerado sino que hizo de
este bien común la aspiración de la vida societaria. Idea que aún
perdura en algunas ideologías políticas.
8. Con sus ideas
de comunidad y autoridad ordenadora, Santo Tomás no sólo llevó a su culminación
el proceso de politización eclesiástica, pero contribuyó a fortalecer en la
práctica y en la teoría la idea de que la sociedad debe comportarse como un
todo unitario bajo la autoridad del gobernante.
9. Los dos representantes del medioevo que hemos
examinado brevemente, evidencian el interés de la época por retornar (ahora a
nivel de lo socio-político) a aquella comunidad de fe y amor que tan lejos de
la política se quiso mantener en el siglo I de nuestra era.
Sigue en el número de Invierno de 2005
*Titular de la cátedra de Filosofía Social en la
Universidad Francisco Marroquín.
[1]San
Juan 18:36.
[2]San
Juan, 16: 14.
[3]San
Mateo, 24: 34; 25: 31, 32; San Lucas, 22: 29, 30
1
[4]Küng,
Hans, Ser cristiano, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1977 (traducción de
J. Ma. Bravo Navalporto), p. p. 225-226.
[5]I
Tesalonicenses, 4:16,17.
[6]II
Pedro 3, 7, 10.
[7]Apocalipsis 21:5,
24; 22:7.
[8]San
Lucas 23:1,2.
[9]"Aquel
mismo dia llegaron unos fariseos, diciéndole: Sal, y vete de aquí, porque
Herodes te quiere matar." -San Lucas 13:31.
[10] Küng, Hans, Op. cit., p. 427.
[11]Lo
teólogos han discutido casi desde siempre la cuestión del derecho eclesiástico
como contrario o complementario a la esencia de la iglesia. Recuérdese al
respecto la discusión mantenida, en su momento, por Rudolf Sohm y Adolf von
Harnack. Del primero tenemos su obra de 1892, Kirchenrecht, y del
segundo, su tratado Entstehung und Entwicklung der Kirchenverfassung und des
Kirchenrechts in den ersten drei Jahrhunderten, de 1910.
[12]Hay
que recordar tan sólo los graves problemas causados por la creciente supremacía
de Roma manifestados, sobre todo, en profundos resentimientos en lugares como
Africa y Antioquía. Finalmente los cabildeos, negociaciones y concesiones, no
fueron suficientes para evitar el cisma con la iglesia oriental. Incluso hay
que traer a colación cómo la iglesia recurrió a la fuerza y al poder público
para hacer prevalecer sus opiniones sobre movimientos facciosos o simplemente
disidentes, como sucedió vez tras vez
después de la conversión de Constantino y la adopción oficial del cristianismo
como religión oficial del imperio (a principios del siglo IV). Los autores, a
partir de ahí, tuvieron que reconciliar el amor, la caridad y la fe con la
autoridad, la disciplina férrea y la coacción. Quizás haya sido San Agustín
quien mejor justificó el uso de la fuerza en nombre del amor: Ser indiferente
es peor que ser cruel; por ello recomendaba leyes duras cuya rigurosidad era
justificada y aplacada por estar inspiradas en el amor hacia el perseguido y
castigado.
[13]En
otros aspectos parece que los cristianos simplemente sostenían ideas que hacía
mucho tiempo los hombres del mundo civilizado (y pagano) habían aceptado,
volviéndose lugares comunes. Por ejemplo, la ley natural, el gobierno
providencial del mundo de parte de un ser supremo y la igualdad de los hombres
a los ojos de dicho ser trascendente.
San Pablo manifiesta semejantes creencias al afirmar, v. g., "...en él
vivimos y nos movemos y somos; como también algunos de vuestros poetas han
dicho." (Hechos 17:28); y, "...los gentiles, que no
tienen ley, naturalmente haciendo lo que es de la ley, los tales, aunque no
tengan ley, son ley a sí mismos." (Romanos 2:14).
[14]San
Juan 15:12; 16:11, 21, 23.
[15]"Así
que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían
heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a
los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad."
-Hechos 4:34,35. Algunos autores enfatizan que esta experiencia comunal
pudo haber sido exclusiva del grupo asentado en la ciudad de Jerusalem y que
pudo no ser mayor a unas docientas personas. Véase, p.e., Marcel Simon, Los
primeros cristianos, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1961
(Cuadernos No. 41), p. 18 y ss.
[16]Véase
al respecto el relato en Hechos, capítulo 5.
[17]Hechos 4:32.
[18]Romanos
12:4,5.
[19]I
Corintios 12:25-27.
[20]Gálatas 3:28.
[21]Dice
Copleston: "...las ideas de ciudad celestial y terrena son ideas
morales y espirituales, cuyos contendos no coinciden exactamente con niguna
organización real." -Op. cit., p. 93.
[22]Wolin, Sheldon, Op. cit., p. 142.
[23]Citado
por Wolin, Op. cit., p. 135.
[24]Citado
por Copleston en Op. cit., p. 95.